Líder, ¡eres un inmaduro!

inmaduroDe un tiempo para acá, tristemente se ha asociado la madurez espiritual con importantes cargos de liderazgo en las congregaciones o con grandes conocimientos y elocuencia teológica; esta visión, sin lugar a dudas es altamente nociva para el buen desarrollo de la vida de la iglesia.

A algunos cristianos que tienen cierto nivel de influencia en su comunidad de fe, les atrae el hecho de ser reconocidos por los demás como “especiales”; de esa manera buscan mil formas de auto proclamarse con títulos o cargos que les haga, de alguna manera, elevar su status. Cuando esto ocurre, encuentran caminos para que los hermanos les llamen pastor, líder, director, profeta, salmista, apóstol, diácono, o cualquier otro título eclesiástico que les permita sobresalir.

En medio de esto, me llama profundamente la atención la actitud que Jesús tuvo al respecto. Tiene que ver con los “títulos” que él usó de sí mismo, pero hay uno en particular que me inquieta, “Hijo del hombre”.

El Unigénito del Padre se hizo humano, despojándose de su gloria de Rey y vino a la tierra, pero hizo alarde de un título que en su tiempo le daba la característica de uno más. Jesús no buscó llamar la atención con grandes dignidades. Él es el Hijo de Dios y como tal, debería ser reconocido, pero escogió el camino angosto, ser como uno de nosotros; vivir, caminar, comer. ¡Nuestro Dios se hizo humano!. Esto es revelador y liberador.

Cuando uno estudia la vida de Jesús y su mensaje, se sorprende de lo revolucionario de su filosofía y sus actos. Va en contravía de los religiosos de la época, quienes siempre quisieron tener un status; que no solo les brindó reconocimiento, sino que además, bienestar económico. El carpintero de Galilea prefería llenarse los pies de polvo, ese mismo que asumió cuando se hizo uno de nosotros, creados del barro. Él fue el Dios del camino, del necesitado, de la aldea, el Mesías de los pobres, de aquellos que no tenían nada para dar a cambio.

Pero el contexto de la dignidad asumida por Jesús es todavía más escandalosa, “…así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos…” Mateo 20:28. ¡Un Rey que vino a servir, un Dios que sirve…!

Y ese es el fin en sí mismo del ministerio. Estos, son áreas de servicio en la iglesia, no lugares de posicionamiento y reconocimiento para oprimir. De hecho, tenemos en algunas congregaciones actuales un gran problema con la palabra “líder”, la cual se ha asumido como pretexto de subordinación a los demás. Debería ser lo contrario.

Recuerdo la frase de un amigo teólogo contemporáneo, quien reconoce que prefiere ser llamado “perro ovejero”, antes que pastor; pues el primero, para él, connota una actitud de servicio, a un amo, a su amo por el bien de las ovejas.

Es en este contexto, donde toma importancia el ministerio laico, aquél que piensa en desarrollar una función, antes que ostentar una posición. El servidor, quien da la vida que ha recibido de Jesús, es quien va, sirve, predica, ama, es el portador del Evangelio que trae transformación.

A veces me encuentro con discursos de pastores principales (sobre todo de algunos de iglesias grandes), en los que se ve una instrucción clara de servir, pero cuando se pasan esas palabras por el cernidor de la praxis, las acciones son contrarias. Esto se puede deber a muchas razones, pero he llegado a la conclusión que sin duda, una de las más importantes, es el mal entendimiento y comportamiento de los “mandos medios”. ¡Qué bueno sería que se tomaran acciones al respecto!, una buena intención puede ser destruida por una mala acción.

Al otro lado del espectro, se encuentran quienes tienen gran conocimiento de las Escrituras, ostentan poderosos tratados teológicos y reflexiones profundas, pero que son vacías. No estoy en contra del estudio teológico, ni de leer, aprender o investigar; todo lo contrario. Creo profundamente que es no solo necesario, sino obligatorio el estudio exhaustivo de las Escrituras; Sin embargo, este ejercicio debe hacerse desde el amor.

En este campo, hay mucha tela que cortar. Quienes saben poco, creen que saben mucho; quienes saben mucho, saben que es poco lo que saben. En esta línea, se hace imperativo entender que el poco ejercicio teológico, nos alejará del amor; el mucho estudio, nos acercará a él.

Entender el mandato del Hijo del hombre sobre el amor, el servicio y la humildad, nos llevará irrestrictamente a hacer lo que se debe hacer, la Voluntad del Padre.

Pero este es un post sobre madurez espiritual, la cual encuentro supremamente atractiva en las líneas de Pablo de Tarso, en su primera carta a los Corintios en el capítulo tres:

“De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?”

Para el Apóstol, andar en disensiones es sinónimo de inmadurez espiritual. Una clara alusión al amor, respeto y tolerancia al hermano, a aquellos ministros, que aunque difieren en algunos temas y creencias, son servidores de Dios, sirviendo a los demás.

Este tema tiene muchas aristas, las cuales no podemos profundizar en el presente documento, pero que deben analizarse desde las palabras de Jesús, “Juzgad con juicio justo”. Resulta menester entonces partir de la base que quienes no sirven, sino que buscan lucro, ejercer presión a la grey, control, autoritarismo y abuso, no pueden ser considerados servidores de Dios, pues van en contravía totalmente del deseo y mandato del Mesías. Ya tienen su recompensa.

Desear servir en la iglesia local es algo bueno, pero esto debe hacerse con el amor como bandera, dando la vida, no esperando ser un parásito, que solo busca reconocimiento, mas no agradar el corazón del Padre. ¡Maduremos!, es decir, amemos y sirvamos.

Por: David Gaitan
Twitter: @dabycito

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