Sólo se perdona lo imperdonable

perdónEl poder del perdón. Una de las cosas que más se le dificulta a las personas es tanto perdonar, como pedir perdón. Miles de líneas se han escrito al respecto en libros, editoriales, tratados, cartas, blogs, trinos, estados en redes sociales, etc. Ilustraciones como la ya conocida: “el no perdonar es como beber un veneno y pretender que le haga daño al otro”, se popularizan, mientras la praxis del perdón sigue estando muy distante, pues muchos no saben cómo hacerlo.

No menos referencias Bíblicas encontramos al respecto. Las Escrituras toman extensas líneas para no solo recomendar asumir una actitud de perdón, sino incluso la presenta como una ordenanza, pues “quien no perdona, no será perdonado”.

Sin embargo, “solo se perdona lo imperdonable”; una hermosa frase que tomo prestada del teólogo Alvin Góngora. Y es que el perdón es un regalo invaluable que se da a quien no lo merece, a quien nos ofendió, nos hirió. Es un único camino que podemos tomar si es que la sensatez no nos ha abandonado.

Cuando alguien nos ofende, hiere, lastima, etc; deja una consecuencia que nada ni nadie podrá restituir. Permítame dar un pequeño ejemplo. Si a alguien le asesinan un familiar, no hay nada en este mundo que pueda quitar las noches de angustia, llanto y profunda tristeza por la pérdida de los seres queridos y allegados. No importa si condenan a cadena perpetua al homicida, ni siquiera si se tomara la vida del agresor, podría quitar el dolor, devolver las noches oscuras y perdidas, la amargura, los llantos. Al final, solo quedará la cicatriz, si es que se cura la herida; pero siempre esa cicatriz acompañará el caminar de quien fue afrentado.

Por eso el perdón es un regalo que se otorga, un inmerecido, el cual, paradójicamente beneficia a quien lo da. El perdón es liberador, es el camino sensato, es la ruta excelente en medio de la pérdida y el dolor.

No quiero convertir estas líneas en una apologética de la restitución, o explicar que el perdón no necesariamente debiera traducirse en impunidad, pero sí determinar que lo importante es la actitud del corazón, el proceso en sí mismo.

Hace días escuché a un importante pensador americano decir que aquellas cosas que nos duelen, el mal que otros han hecho sobre nosotros, la amargura que causa la decepción y el dolor de la herida; son acumulaciones que vamos guardando en un morral que cargamos a nuestras espaldas. Ese morral se va llenando cada vez más y se va haciendo muy pesado en nuestro caminar. Sin embargo, cuando un día nos alineamos a la orilla del camino y destapamos esa maleta que hemos cargado por tantos años, podemos encontrar que en su interior hay agua y pan. Es el mejor menaje para aquellos que hoy están sufriendo, agua que refresca el dolor de otros que están experimentando lo que nosotros un día. Nuestra amargura hoy da paz y esperanza a otros. El perdón es ese morral que transforma lo inevitablemente doloroso de la vida en provisiones que sanarán a quienes amamos y lo necesiten.

Como siempre Jesús nos da un hermoso ejemplo de ello. Él comienza a tener un acercamiento con Sidón, visitando sus tierras (Mateo 15:21). Es más, es a los sidonios a quienes decide sanar, ayudar, amar.

“Descendió con ellos y se detuvo en un lugar llano, en compañía de sus discípulos y de una gran multitud de gente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón que había venido para oírlo y para ser sanados de sus enfermedades; 18 también los que habían sido atormentados por espíritus impuros eran sanados. 19 Toda la gente procuraba tocarlo, porque poder salía de él y sanaba a todos” Lucas 6:17-19

Esto podría pasar desapercibido si es que no se conociera la historia de los Sidonios con Israel. Son descendientes de Cam, el hijo que según el relato de Génesis 9 afrenta a su padre Noé. Esta condición se clarifica en Génesis 10:15.

El libro de Jueces reseña el mal de este pueblo a los judíos, en el capítulo 10, versículo 11.

Una de las enemigas más grandes de Dios fue Jezabel, esposa del rey Acab. Curiosamente descendiente del pueblo de Sidón, quien asesinó profetas en los tiempos del reinado de su malvado esposo (1 Reyes 16:31).

El mismo Dios habla en contra de este pueblo en Isaías 23, Jeremías 25 y 47, Ezequiel 27, 28, 32; por el daño que le habían causado al pueblo israelita.

Hoy Jesús no solo no tiene una actitud de indolencia, sino que se va a la misma tierra enemiga a sanar a aquellos que le han hecho daño a su pueblo por muchos años, en una hermosa prueba de perdón, amor y reconciliación.

El razonamiento del Maestro de Galilea a muchos les parecía “traído de los cabellos”; Sin embargo es lo más sensato de su discurso frente a la actitud que se debe tomar frente a los enemigos y aquellos que nos hacen afrenta. Si se analizara objetivamente la situación del pueblo judío bajo el imperio romano en los tiempos del hijo del carpintero; una victoria militar hubiese sido imposible. Jesús lo entendió y no promovió las armas como solución a la difícil situación de Israel, de haberlo hecho, lejos de llevar al pueblo a la liberación del yugo, posiblemente los hubiera conducido a una masacre sin precedentes. El camino no era la violencia.

La vida de Jesús es la Palabra viviente de Dios, él no solo predicó, sino que vivió su discurso; entregando aún su vida para que entendamos y vivamos el amor.

Aunque parezca difícil es el mejor camino, la única opción sabia en nuestro andar. Máxime cuando somos nosotros mismos una suerte de “máquinas de ofensas”. Todo el tiempo estamos hiriendo, decepcionando, maltratando a quienes nos aman. A veces nos damos cuenta, a veces no; pero es verdad, si no perdonamos, no seremos perdonados; no viviremos el Reino de los cielos.

Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos.
Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos.
A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda.

Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.
El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda.

Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes.
Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.
Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda.

Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado.
Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste.
¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?
Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía.

Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” Mateo 18:23-35

Por: David Gaitan. 2015
Twitter: @dabycito

¿Necesitas consejo? Escríbenos a almendrocolombia@gmail.com

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