El relato del ‘hijo pródigo’ en realidad es sobre el Padre… ¡Y sobre el otro hijo!

padre-e-hijoLos títulos y subtítulos que aparecen en los relatos de la Biblia, no están necesariamente en los textos y rollos antiguos disponibles; sino que son añadidos de los traductores, quienes quizá con una buena intención, buscaron darle orden al texto. Sin embargo, algunas veces podrían llegar a ‘despistar’ al lector en la búsqueda de alguno de los muchos mensajes de dicho relato.

Creo que la ´Parábola del hijo pródigo´ es un claro ejemplo de esto. Generalmente nos hemos centrado en leer lo que pasó con el “rebelde”, dejando de lado otros aspectos concernientes al mismo, al padre y al hijo mayor.

El relato lo encontramos en el evangelio de Lucas 15:11. Pero antes de ver un par de detalles desde este escrito, es importante tener en cuenta, como ya he enunciado en otras entradas anteriores, que quien nos da la pauta para un entendimiento del Padre, es Jesús. Esa es la razón por la cual al examinar la vida y discurso del Carpintero de Galilea, podemos encontrar detalles que nos revelan el carácter de Dios (Juan 1:18).

Así que esta parábola inicia con un hijo rebelde, alejado del corazón de su papá; al cual le hace una afrenta mayúscula solicitándole los bienes. No es para menos, pues en el contexto judío al que le habla Jesús, sólo se entregaban herencias cuando el padre había muerto. No había otra manera. Es como si literalmente el hijo de esta historia le dijera: “Preferiría que estuvieras muerto, así que dame lo que me corresponde”.

Este hecho, según la ley de Moisés debía ser castigado con nada menos que la muerte por apedreamiento (Dt 21:18-21). Lo cual no ocurre, pues, en contra de todos los pronósticos, este padre le entrega los bienes al hijo grosero. Es interesante el comportamiento del patriarca en el relato; alguien que no toma acciones en contra de él, quien le causa una herida proporcional a su afrenta, en medio de tal petición. Es como que este hombre sabe que ya hace tiempo había muerto para quien hoy sólo esperaba de él bienes materiales.

La historia ya la conocemos. El joven se va por el mundo a vivir la ´vida loca´. Sin embargo, llega un momento, en el que habiendo gastado todo, se revuelca con los cerdos. ¡Ese es su castigo!… Y bueno, estos animales para el pueblo judío son la inmundicia en su máxima expresión. No se puede ser más indeseado, rechazado, indigno, menospreciado y demás, que un cerdo. Así que compartir su comida, es de una naturaleza repudiable. Este hijo quedó automáticamente descartado de cualquier posibilidad de restitución.

Pero hay algo todavía más encantador en el relato. Se trata de la motivación que tuvo el otrora príncipe en la hacienda del padre. No recapacitó en el daño que había causado, en la tristeza que propinó al corazón de su progenitor; sino que al contrario, pensó en su propio bienestar. De una manera egoísta, lo que lo llevó de regreso a la hacienda, fue su propia necesidad, el hambre.

Ha de tener esto cierta importancia, ya que es mencionado en el relato y desencadena las palabras del hijo ante quien ahora debía considerar como su señor. En todo caso, este hecho no parece importarle al feliz hacendado al momento de ver a su pródigo regresar. Entonces él (en contra de lo que se pudiera esperar) no tiene problema en ignorar la condición “inmunda” de su heredero y le restaura a través del vestido, calzado y anillo nuevos.

Pero allí no termina la historia. Recién apenas comienza; pues el otro protagonista, el hijo mayor, parece que no está de acuerdo con la actitud del bonachón papá.

Es curioso que entonces el jefe del hogar tenga que salir al encuentro del otro heredero, pero lo que es peor, deba rogarle para que entre en la fiesta. El hecho puede llevar a cualquier lector a concluir lo obvio: este padre no tiene el corazón de ninguno de sus hijos.

Y llegar a aquél punto no debería tomarnos por sorpresa. El mayor siempre estuvo en casa, al lado del papá, sirviéndolo, pero su corazón no estuvo cerca, pues no se alegró con la alegría de su progenitor. No le interesaban las cosas que al jefe de casa sí, sino que siempre, al igual que el menor, estuvo pensando en sí mismo.

Esto lo podemos deducir por sus palabras, cuando reclama que él, habiendo servido y obedecido tantas veces, no se le había dado un cabrito para celebrar con sus amigos. Interesante posición que deja ver que este padre tenía dos hijos absolutamente lejanos. Uno con las prostitutas y el otro bajo su mismo techo.

Uno desde los comportamientos reprochables, moralmente inaceptables e inmundos, y el otro haciendo lo políticamente correcto, obedeciendo. Es una cachetada para quienes escuchaban a Jesús en ese momento y para quienes lo escuchamos hoy.

Generalmente tendemos a asumir una postura “moralmente superior” de los demás. Bien sea porque servimos en la iglesia, conocemos las Escrituras o simplemente somos parte de “los íntimos” de Dios. Desde esa posición lanzamos juicios y condenas a diestra y siniestra, acusando a los “inmundos”, “mundanos”, “impíos”, etc; de estar lejanos al corazón del Padre, cuando nosotros mismos lo estamos, incluso, durmiendo en su casa.

Pero la historia cierra con broche de oro, pues el padre responde al hijo mayor dejándole entender que a él no le ha importado ni le importará lo material.

Cuando le hace ver que todos los bienes que posee son suyos (del hijo), le está diciendo la verdad, pues una vez se ha repartido la herencia, no sólo lo hizo con el menor; sino que con el mayor también. Ya el padre no tenía nada, ningún bien le pertenecía, él sólo estaba esperando lo que era más valioso, su corazón.

Por: David Gaitan
Twitter / @dabycito

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s