Cuando Dios decide no hacer un milagro

milagrosUna de las enseñanzas que más se ha popularizado en los últimos años en medio de un gran número de congregaciones, principalmente en Latinoamérica y Estados Unidos; es la de los milagros. Esta se ha basado en una teología múltiple, la cual ha abordado diferentes posturas argumentativas para sostener, básicamente, que Dios hace milagros multitudinarios a todo el que los necesite.

Personalmente creo que Dios puede hacer milagros, ¡Y los hace!; Sin embargo, en no pocas ocasiones determina no hacerlos, o sencillamente no interviene cuando alguno de nosotros necesita uno. Más allá de la discusión sobre si Dios obra milagrosamente, quisiera enfocarme en cómo es nuestra reacción cuando la respuesta es negativa.

Culpa

Una de las características en las que más se hace énfasis por parte de quienes enseñan esto, es que los milagros son para todos los hijos de Dios; de manera que quien no los recibe, está pecando, desarrollando poca fe, o en el peor de los casos, no está respondiendo económicamente para recibir uno (pactar).

Decenas de versículos solitarios o sacados de contexto son usados como armas para dejar en claro que los milagros están ahí para nosotros y que si no se han manifestado, hay algo en lo que estamos fallando, actuando mal.

Este tipo de pensamiento y enseñanza trae más dolor al dolor, pues una persona que está experimentando (por ejemplo) enfermedad, no sólo debe lidiar con su indeseada compañera, sino además con el rechazo social que experimenta en su comunidad cristiana, el señalamiento, el juicio y la tristeza. No sólo debe lidiar con su ‘aguijón’, también tiene que hacerlo con la culpa y el no saber qué hacer.

Conozco personas que después de quince o veinte años siguen esperando su milagro. Oran por él, visitan cruzadas multitudinarias, dan dinero, dejan de adoptar ciertas conductas por considerarlas pecaminosas, pero sin embargo siguen esperando. He conocido así mismo otras tantas que han fallecido a causa de una enfermedad terminal que nunca fue milagrosamente desaparecida tras oraciones y visita a pastores populares.

Algunos oran, ayunan, sirven en sus congregaciones, diezman, ofrendan, asisten a todas las reuniones de su iglesia local y aún así no han sido ‘prosperados’ financieramente. Luego de muchos años, la duda se comienza a apoderar de algunos de ellos, pero sobre todo, la culpa golpea sus mentes y corazones por no ver la respuesta de Dios en su situación.

Pecado

De las definiciones más comunes de pecado, se destaca una, esta es “fallar en el blanco”, significado derivado de la palabra griega hamartia. Desde esta perspectiva, vemos cómo quienes hacen énfasis en la enseñanza del milagro, están llevando a otros a errar en el blanco.

Con esto me refiero a que es importante determinar la naturaleza del mal que afrenta a quien requiere de la intervención divina. Quisiera ilustrar un poco a través de un ejemplo.

Una persona que necesita un milagro financiero es motivada en la iglesia a orar más, ayunar más, diezmar más, pactar más e ir a la iglesia más; Sin embargo, la respuesta a su situación puede estar más cerca de lo que espera, esta, puede depender de su propia diligencia frente a la situación en sí misma. Si esa persona dedicara esfuerzos y recursos a ser más diligente, buscar alternativas laborales o de negocio, alterativas de ahorro, etc; esa persona podría aliviar su carga poco a poco. Y esto último es el ‘talón de Aquiles’, pues algunos cristianos prefieren la inmediatez del prometido milagro, antes que el proceso. ¿Pecamos cuando queremos el camino fácil?

Errar en el blanco es desconocer que tal vez algunas enfermedades son el resultado de la mala administración que hemos tenido con nuestro cuerpo, pues no hemos sido responsables de su cuidado. Tal vez un cambio de comportamiento pueda aliviar la carga en nuestra salud.

Así mismo, fallamos en el blanco cuando enceguecidos, no aceptamos que muchos de nuestros problemas relacionales se deben a que nuestro carácter es insoportable. Nosotros mismos alejamos a quienes nos rodean; no hemos aprendido a amar, no somos como Jesús. Tal vez si desarrollamos el fruto del Espíritu en nuestra vida, los dolores emocionales sean menores.

La lista puede ser interminable, pero debemos también recordar que la vida no es en blanco y negro.

Jesús hizo milagros

Nuestro referente es y será Jesús, pues a través de él podemos conocer al Padre. Quiero entonces devolverme unas líneas atrás, ahondando sobre eso de que no vemos en blanco y negro.

Con esto digo que la vida no es fácil y suele darnos golpes duros. La pérdida de un ser querido, una enfermedad terminal, la pérdida de la estabilidad financiera, son cosas que no controlamos y que llegan a nuestro caminar en el momento menos esperado, trayéndonos una carga muy pesada y desesperante, a tal punto que anhelamos el milagro.

Y en medio de esas cosas duras de la vida, Jesús obró milagros. Que hermoso es ver los prodigios del Maestro galileo, pero es mucho mejor ver el milagro detrás del milagro. Cada sanidad, cada palabra, cada acto era una caricia al alma del necesitado. Jesús les trajo vida eterna, los amó.

Mientras la religión buscaba razones para ser una carga más pesada a quienes sufrían (Mateo 9:3), Jesús demostró su amor trayendo transformación. Esa transformación se traducía en un toque, en compañía, en amor, misericordia y perdón.

Jesús Lloró

Uno de los episodios más conmovedores del ministerio del carpintero nazareno se encuentra en el evangelio de Juan en el capítulo 11. Allí él respondió ante la situación de sus amigos y lloró.

Un pasaje que se ha interpretado de muchas maneras, pero que devela la naturaleza del Dios que se hizo humano, uno que se conmovió hasta las lágrimas (versículo 34). Y sí, lloró. Y sí, lo hizo en medio de las lágrimas de sus amigos.

La religión, tal vez con una buena intención nos ha querido ‘espiritualizar’ de tal manera, que ha buscado desnudarnos de nuestra humanidad. Entonces está mal visto llorar, sufrir; todo porque debemos “vivir en victoria”, o no podemos “declarar la derrota”. Pero Jesús lloró y llora.

La iglesia no ha aprendido a llorar con los que lloran, a sufrir con quienes sufren y a reír con los alegres. Al contrario, hemos encontrado la disculpa perfecta para martirizar a quienes requieren del milagro y no lo reciben.

Por supuesto que luego del llanto, el maestro resucitó a Lázaro, ¡Obró el prodigio!; Pero. ¿Y si vemos el milagro detrás del milagro?. Jesús le dio vida, así como nosotros, hemos recibido vida para dar vida.

El “dar la vida” lo hemos entendido como morir; pero, dar la vida es principalmente “vivir para…”. Que Dios nos ayude a dar la vida que hemos recibido, a ser milagros andantes, que dan vida en medio de la desesperación, una palabra, una lágrima, una buena compañía por unos minutos. No importa que no se de el anhelado milagro, si nosotros somos uno, realmente estaremos haciendo iglesia.

Hay cosas que ocurren y no sabemos el porqué; y nos hemos vuelto especialistas en darle sentido al sinsentido; Sin embargo, a veces, solo basta creer y amar.

Por: David Gaitan
Twitter / @dabycito

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4 thoughts on “Cuando Dios decide no hacer un milagro

  1. La tesis científica escéptica sostiene que no se han evidenciado milagros. Pero algunos creyentes sostienen que los milagros han sido la excepción a la regla de ROM 8:20,21, dónde se postula la entrega del mundo por Dios a un contrasentido total mediante la no intervención hasta el fin de los tiempos. Y por último, la tesis Paulina que sostenía que los milagros eran algo temporero dentro del cristianismo, que cesaría luego de la muerte de los Apóstoles. Luego, aún los buenos cristianos tienen base para no creer en milagros.

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