‘Avergoncemos al diablo’, la frase de la infamia

apedrearEsta sentencia ha propiciado que en cientos de lugares se expongan públicamente, los que por mucho tiempo se han considerado pecados graves; generalmente asociados a conductas sexuales o morales que repudian las congregaciones cristianas de nuestros días. Una práctica que se aleja exponencialmente de la actitud de Jesús con aquellos que la religión consideraba como pecadores.

Y entonces, tras el disfraz de la piedad, la santidad y el objeto de sacar a luz lo que está oculto, se ha herido, maltratado y violentado la intimidad de quienes, manipulados y engañados, han debido ‘pararse frente a la congregación’ a confesar sus graves ofensas a Dios y a la comunidad.

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Muy al estilo de la inquisición, los acusados hoy son expuestos, no al apedreamiento físico, sino uno peor, el moral. El rechazo social es la peor arma en contra de aquellos que en vez de recibir consolación, restauración, amor y apoyo; son enviados a la plaza pública, para que, al dolor de haber fallado, se sume el dolor de la discriminación y el juicio.

Todo oculto en la parafernalia de una supuesta bondad y misericordia, donde públicamente se manifiesta el perdón de la comunidad a los implicados en las conductas pecaminosas y donde habría restauración; pero que viola descaradamente el derecho a la intimidad y la vida privada de las personas.

Puede que la práctica sea bienintencionada, pero sus consecuencias son funestas, y su aplicación va en claro detrimento de los principios del Evangelio de Jesús, su discurso, la gracia de Dios, del comportamiento del Maestro de Galilea, quien protegía a los desprotegidos y avergonzaba a los malvados abusadores, quienes tenían como pasatiempos escarnecer, apedrear y aplicar todo el peso de la ley a quienes lo merecían.

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Otra modalidad de este tipo de prácticas, es la realizada en algunos espacios de recogimiento espiritual como retiros, encuentros, campamentos, etc; en donde bajo una atmósfera de melancolía y manipulación, los asistentes son movidos a confesar sus pecados pasados, desgracias, situaciones de infancia, abusos recibidos, etc; para, según la lógica de estos eventos, ser libres y perdonar.

Se brinda información privada de los confesantes, la cual se convierte en dominio público. Lo grave, es que dentro de quienes asisten a este tipo de eventos, hay personas que por su madurez, no tienen la formación para manejar este tipo de informaciones con responsabilidad y misericordia. La iglesia promueve entonces la ignominia de sus queridos, a quienes debería proteger.

Hay varias razones que han avivado esta práctica, La lectura de Lucas 8:16-17 y Marcos 4:21-25, por ejemplo, en donde se manifiesta que nada quedará oculto (y que el mejor escenario para sacar las cosas a la luz sería en medio de una comunidad amorosa, todo desde el temor a no ser descubiertos). Haciendo una pésima interpretación de estos pasajes por la paupérrima exégesis presente en la misma.

Otra cita muy usada es la que se encuentra en Santiago 5:16 “Confesaos vuestras ofensas, unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho”. Un texto que jamás invita a ser expuesto públicamente, sino que, en caso que quien deba confesar algo, y lo vea necesario, podrá buscar a alguien maduro y de confianza para ser escuchado.

Esto no debe ser impuesto por un pastor o líder en particular. La confianza es base fundamental para la restauración del hermano, y muchas veces, esta no se encuentra en el liderazgo o cuerpo pastoral de la iglesia por muchas razones, entre las que se encuentra el abuso que estos pudieran cometer ante los miembros de la congregación.

Otra de las citas que se han usado para sustentar esta práctica es la que se encuentra en Gálatas 6:1-2 “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo”. Sin embargo, al parecer este texto no se ha leído detenidamente y tampoco en su contexto inmediato.

En primer lugar, habla claramente de ser sorprendido, y en segundo lugar, de restaurar con amor y paciencia. Por supuesto que no se puede restaurar algo de lo que no se sabe, pero es justamente el deber de la iglesia, ser el cuerpo de Cristo en la tierra; esto es, representar todo el tiempo el amor de Jesús manifestado en sus brazos para abrazar y sus hombros para soportar a quienes lloran.

En medio de esta situación caben muchas preguntas, una de las principales, es el concepto que tenemos de pecado. Aquí hay mucha tela que cortar hermenéuticamente hablando, pues se ha confundido este, con comportamientos morales desaprobados por ciertas sociedades en un contexto histórico y sociológico particular. Las Escrituras trascienden a esto y el mensaje del Evangelio es mayor.

Frente a esto, llama la atención que Jesús en Mateo 23, reclama a la sociedad religiosa y líderes de la época una práctica doble moralista. Por una parte ellos ponen cargas pesadas a los miembros de la comunidad, pero por otro, ellos mismos no están dispuestos a llevarlas.

Por eso, sí debemos restaurar, amar, levantar; pero alejándonos de los efectos colaterales que una exposición pública presupone. Es nuestro deber como iglesia respetar y velar por que se proteja el derecho a la vida privada, a la dignidad de los hermanos y al amor que cubre multitud de faltas.

Si tú estás en un lugar en donde tu vida privada no es respetada, ¡huye!

Por: David Gaitan
Twitter / @dabycito 

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