Serie: Soy un excelente cristiano, pero un pésimo jefe

cristianos en la oficinaCon el crecimiento de congregaciones evangélicas en nuestros países, cada vez son más las personas que se identifican como cristianos; muchos de ellos, habiendo abandonado otras confesiones de fe como el catolicismo, o incluso el ateísmo. Esto hace que poco a poco la sociedad comience a reconocer a las comunidades cristianas como grupos significativos de creyentes que cada vez se expande más.

Si hace algunos años el ser evangélico era motivo de rechazo y burla, hoy muchos ciudadanos ven en las personas cristianas un grupo social que se ha ido incorporando e identificando como tal en el medio secular. Así, ya el cristiano activo o militante se identifica como tal ante su familia, compañeros de estudio, trabajo, vecinos, amigos, etc.

Esto debería presuponer una mayor responsabilidad para quienes se declaran seguidores de Cristo, pues cada vez son más las personas que están atentas a sus comportamientos; tal vez por mera curiosidad, o incluso como respuesta a sus propias convicciones; buscando cualquier caída para así tener una herramienta de matoneo.

Sin embargo, en muchos casos la realidad es otra. Al parecer el activismo religioso se asume como una moda, o como un espacio de escape del individuo involucrado, pero que no trasciende a la transformación del mismo. Esto quiere decir que si bien muchos van a la iglesia a vivir experiencias en su espiritualidad, el ejercicio se queda en eso; simples experiencias.

Se canta bonito, se exorcizan sentimientos negativos a través de la música, las lágrimas o la euforia; se escucha una palabra de ánimo y emotiva, pero al final de todo, no se practica en el momento que se debería, la vida real.

No hay que generalizar, por supuesto; pero muchas personas han encontrado en la fe una herramienta que puede incluso llegar a destruir a otros a través de la superioridad moral que asumen cuando creen tener la verdad y la salvación, pero los demás no.

Hace unos días conocí el caso de un cristiano consagrado los domingos; entre semana un activista de las reuniones y servicio en la iglesia, un ofrendador y diezmador incomparable y un seguidor de la fe. Esta persona desempeña un alto cargo en una empresa del sector privado, teniendo bajo su responsabilidad y subordinación varios empleados.

En algún momento, una de las personas que tiene bajo su autoridad le pidió un permiso para atender a una cita médica para ponerse al tanto de algunos quebrantos de salud. Este distinguido líder laico, no solamente desconoció el derecho civil del trabajador al negarle el permiso, sino que además, abusivamente se inmiscuyó en la vida privada de su subordinado.

Palabras más, palabras menos le dijo, “¿Si ve?, usted en vez de andar pidiendo permisos para incumplir con la operación de la compañía, debería arrepentirse de sus pecados, que son los que lo tienen así de salud por culpa de las maldiciones que lo gobiernan al no aceptar a Jesús en su corazón”.

Lea aquí: ¿Maldiciones generacionales?

Seguramente este desinformado activista religioso dijo estas palabras con una buena intención (si es que hay algo de bueno al negar un permiso a alguien que lo necesita y que además es su derecho); pero mostró en su vida todo, menos el amor de Jesús.

Es por eso que ser un buen cristiano y un mal jefe es un oxímoron o contradicción. El tener una posición de autoridad debería ser la oportunidad perfecta para mostrar a Jesús a través de la vida, en vez de, sin ningún derecho ni vergüenza, entrometerse en la vida personal de los demás. Eso es simplemente actuar con injusticia y crueldad.

No podemos volver a los tiempos en que el Evangelio se imponía a la fuerza o a través del miedo y/o ejerciendo una malsana autoridad sobre los demás, quienes no teniendo más opción que tratar de conservar su empleo en medio de una difícil situación económica de nuestras sociedades, se ve obligado a acceder a los caprichos inmaduros de un creyente que no ha entendido el Reino de Dios, ni el Evangelio.

No estoy diciendo con esto que los jefes deben acceder necesariamente a todas las exigencias o solicitudes de sus empleados, sino que es su responsabilidad actuar ante ellas con misericordia, bondad, juicio justo y piedad; como corresponde a un hijo de Dios.

Por eso, la evidencia irrefutable de que el creyente está verdaderamente en Cristo, es la descrita en Gálatas 5:22. “En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas” NVI

Por: David A Gaitan
twitter / @dabycito

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2 thoughts on “Serie: Soy un excelente cristiano, pero un pésimo jefe

  1. […] En la pasada entrega de esta serie, me referí a una especie de superioridad moral que algunos cristianos asumen por el hecho de estar involucrados en las actividades de la iglesia, estando también convencidos de ser hijos de Dios, y por consiguiente, asumir una actitud hacia los demás, viéndolos como personas de segunda; adjudicándoles calificativos como mundano, impío, pecador, etc. […]

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