Serie: Soy un excelente cristiano, pero también ‘mala gente’

mala-genteTristemente la actividad de la iglesia se ha ha entendido exclusivamente como la realización de los cultos, reuniones y celebraciones, en donde los cristianos se reúnen a cantar, escuchar la predicación, ver o participar en una que otra actividad artística, dar sus ofrendas y orar comunitariamente. A estas actividades se suman espacios para el estudio bíblico y la reflexión teológica, reuniones homogeneas (matrimonios, jóvenes, adolescentes, hombres de negocios, universitarios, etc) en las casas que permiten la comunión entre los asistentes a la congregación.

Así mismo, a estas actividades se anexan espacios personales de oración por necesidades, consejerías, ayuda espiritual y otras por el estilo. Esto sin duda hace parte del quehacer de las organizaciones cristianas y está bien atenderlas, sin embargo, algunos se han comprometido tanto con este tipo de activismo, que a la postre olvidan que esta es sólo una parte del cristiano, no su integralidad.

En la pasada entrega de esta serie, me referí a una especie de superioridad moral que algunos cristianos asumen por el hecho de estar involucrados en las actividades de la iglesia, estando también convencidos de ser hijos de Dios, y por consiguiente, asumir una actitud hacia los demás, viéndolos como personas de segunda; adjudicándoles calificativos como mundano, impío, pecador, etc.

Creen que eso les da derecho a cuestionar la vida de los demás bajo frases como “¿Si ve?, por no seguir a Dios es que le pasa lo que le pasa”, o, “usted lo que tiene que hacer es dejar su vida pecaminosa y renunciar a las maldiciones que lo tienen atado”, etc. Esto, de una u otra manera, les hace malas personas.

No es extraño encontrar incluso a algunos evangélicos cuestionar la fe de sus familiares, amigos, compañeros de trabajo, etc; cuando, por ejemplo, en una visita a sus casas ven imágenes católicas y su reacción es decir cosas como “deshágase de esa idolatría, que es lo que lo tiene empobrecido”, “¿Usted cree en la virgen? ¡De razón!, la idolatría es abominación a Dios”, y otras más.

Este comportamiento puede resultar incluso curioso, pues el evangelicalismo tiene sus propios ídolos. No son de yeso o madera, pero son peores, pues son de carne y hueso. Se trata del pastor de su iglesia, su predicador o cantante de música cristiana favoritos, aquellos a quienes admira y respeta, obedece sin cuestionar bajo la frase “no toqueís al ungido”. Ha creado ídolos que cada semana le dice qué debe hacer y qué no. Es común encontrar que quienes critican a los demás, están en verdad proyectando sus propios pecados en los otros.

Frente a esto, Jesús tuvo una palabra muy clara en Mateo 7:3 cuando declara “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”. El usar palabras despectivas y/o hirientes contra los demás, desde una supuesta superioridad moral, nos hace malas personas.

Lea aquí: ¿Puedo o no puedo juzgar?

Hay muchas maneras en que una precaria lectura y entendimiento de las Escrituras nos hacen ‘malas personas’ frente a aquellos que no conocen de Jesús. Desde las frases bíblicas “no améis el mundo, ni las cosas que están en el mundo”, “No os unáis en yugo desigual”, “¿Qué comunión tendrán la luz con las tinieblas?”, etc; generalmente sacadas del contexto completo del consejo de Dios, se logra que en vez de amar al prójimo, como mandó Jesús, mostremos rechazo y odio a quienes no le conocen. Malas actitudes, frases despectivas, aislamiento, amargura, mala cara, entre otras, completan la lista de acciones que nos muestran como verdaderos odiosos.

Lea aquí: ¿Qué es el mundo? Exégesis  y  Santidad, una mirada diferente

Con estas actitudes estamos entrando en contradicción, pues ser cristiano y ‘mala gente’ no es compatible; va en contravía de lo que le escribe el apóstol a los Gálatas en el capítulo 5, versos 22 y 23; “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley”.

Haciendo una re-lectura del texto, entendiendo el consejo completo de Dios en las Escrituras, este pasaje diría, “Para que las personas sepan que ustedes son hijos de Dios, el Espíritu Santo traerá su fruto visible, haciéndolos a ustedes personas amorosas, felices, pacíficás, pacientes, misericordiosas, buena gente, con fe, mansas y con dominio propio”.

Hemos querido muchas veces convertir a las personas con ‘bibliazos’, sin embargo, ellos están más ocupados en ver nuestro ejemplo, que en escuchar lo que les tenemos que decir. Esto en ningún momento quiere decir que debamos negociar nuestros principios, pero sí entender que cuando las personas nos ven, deberían ver reflejado a Jesús, y para eso, debemos conocerle primero nosotros.

El amor debería ser nuestro lenguaje, la comprensión a los demás nuestra tarjeta de presentación en medio de un mundo que discrimina y que odia a aquellos que no creen como él. En nuestros días llenos de violencia, odio, desamor, necesidad, pecado; la iglesia se debe levantar como una comunidad que alumbra con la luz de Cristo, que toca a los indeseables, que trae buenas nuevas y sanidad a los corazones, tal y como Jesús lo hizo. Así como él lo haría.

Por: David A Gaitan
Twitter / @dabycito

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