Cuando no se quiere, o se puede vivir en libertad / Bajo la teología del miedo

Uno de los discursos más esperanzadores pronunciados por el Maestro de Galilea se encuentra en el evangelio de Juan, Capítulo 8: 31-32

“Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (énfasis del editor).

Su mensaje en esta oportunidad estaba orientado a dar a entender a quienes le escuchaban que las palabras que él tenía que dar venían directamente del Padre del cielo, pero que los oídos de sus discípulos estaban cerrados al mensaje de Jesús, anteponiendo su creencia en la tradición Abrahámica. Entonces él insiste, “si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”. Una sentencia relevante en su época, e imprescindible en nuestros días.

Con respecto a esa verdad que trae libertad, más adelante el evangelista, en el capítulo 14, verso 6 de su relato, registra las palabras del Mesías,Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie viene al Padre si no es por mí…” (énfasis del editor). Entonces el Predicador del camino está refiriéndose a sí mismo como la verdad.

Desde estas afirmaciones, bien cabría concluir que cuando conocemos a Jesús, su mensaje, su vida, su discurso, sus actitudes y acciones; estas traen esperanza a nuestra vida, pues si seguimos su consejo y ejemplo, viviremos en plena libertad y vida en abundancia.

Este ideal tiene grandes amenazas, pues para muchos vivir en libertad es impensable, un imposible, una ridícula e inverosímil utopía. Todo desde su incapacidad o falta de deseo de administrar responsablemente  dicha libertad.

Porque la libertad requiere mayor  disciplina, sensatez, preparación, desarrollo del auto control, responsabilidad y otras virtudes que no llegarán a nuestra vida de la noche a la mañana. Por eso, muchos escogen el discurso del temor. En cientos de congregaciones, iglesias y comunidades, se prefiere tener al policía, al pastor o líder que le indique a la feligresía qué se debe hacer y qué no, qué está mal y qué es pecado, cómo hacerlo, dónde y cuándo.

Se predica desde el púlpito que Jesús se llevó todas las maldiciones, pero en la práctica se infunde miedo so pretexto “si no obedeces esto o aquello, tendrás la justa recompensa de tus actos y por eso te irá mal”.

Entonces, por ejemplo, a las personas no les va bien en su vida, relaciones interpersonales, roles en el trabajo, estudio, etc; porque “han dejado de congregarse, como muchos tienen por costumbre”. Así que el no ir a la iglesia a una o dos reuniones, tiene como consecuencia la maldición en ciertos aspectos, y el temor se comienza a apoderar de los congregantes.

En ese sentido, las personas acuden al templo porque inconscientemente esperan que Dios los bendiga y no les vaya mal; que no se enfríe su amor y en algún momento terminen negando la fe o apartados del Señor.

Este miedo generalmente no es reconocido por quien lo padece. “Yo no voy a la iglesia por temor, sino por amor”, manifiestan; sin embargo, en la práctica y en el fondo de su corazones, un sentimiento de culpa se apodera de sus pensamientos y sin darse cuenta, está siendo presos del miedo y no de la libertad de Jesús.

Este escenario llevado al extremo, pero no irreal, ha logrado que muchas familias se desintegren, que algunos seres queridos lleguen a rechazar a Dios, pues sus allegados, quienes se ‘congregan’, están tan entregados a su fe, que no tienen tiempo para compartir en familia, realizar actividades en su círculo social o atender momentos importantes del núcleo del hogar. ¿Cómo podría hacerse? Si todos los días de la semana hay actividad eclesiástica, si todos los domingos se tiene que estar en la iglesia, pues de lo contrario, la teología del miedo ejercerá una presión tal, que el malestar sobre el oprimido le llevará a la tristeza y decepción.

Por supuesto que este mensaje no es popular en medio de pastores y ministros, quienes aprovechan el arma del control de masas para enseñar que si usted falta un domingo al culto, pone en grave riesgo el bienestar de su semana, la paz de sus actividades, y sobre todo, su relación con Dios. Aún, en muchos casos sabiendo que congregarse no es sinónimo de ir a la iglesia necesaria y eclusivamente todos los domingos del año; pues podemos congregarnos alrededor de Jesús en casa, en el barrio, colegio, trabajo; cuando mostramos al Maestro con nuestras acciones y palabras.

Nos congregamos en una cafetería cuando hablamos del Carpintero de Galilea y aprendemos sus enseñanzas, cuando visitamos a nuestros familiares en el hospital y les damos ánimo a través de nuestra compañía, cuando lloramos con un doliente mientras le abrazamos en el funeral de su ser querido.

Me he referido a un solo ejemplo, pero hay muchos más, decenas de ellos. La teología del miedo hace de las suyas cuando la culpa de un mal momento financiero en la vida de un cristiano recae en que este último no dio el diezmo el mes pasado.

Entonces hay una especie de maldición doble que le ataca y le amarra las finanzas. Se abusa de la enseñanza del diezmo y la teología de la prosperidad hace de las suyas añadiendo más dolor al dolor, sumando a esto frases como “el diezmo te mantiene fuera de la cárcel, pero la ofrenda es la que desatará tus finanzas”, “si no das tus primicias, no esperes que tu cosecha sea sobrenatural” o, “cuando pactas, estás entrando en un nuevo nivel de bendición, el cual muchos se pierden por su incredulidad”. Lamentable.

Y repito, muchos de quienes están bajo los efectos de esta teología del miedo, no se han enterado que lo están. Incluso defienden que dan sus diezmos por voluntad propia y no por obligación, pero sin embargo piden perdón a Dios el día que no lo hacen, por haberle fallado, haberle robado, no cumplir con su mandamiento, perpetuando el sentimiento de culpa que embarga sus corazones.

Lea aquí: ¿Tiene la iglesia que dar el diezmo?

¿Y qué tal si más bien predicamos desde los púlpitos la libertad de Jesús sobre este y otros temas? Entonces las personas no apoyarían la obra por miedo a la maldición de robar a Dios, sino que lo harían libremente para que en verdad el mensaje de Jesús se extienda en las comunidades vulnerables.

Pues bien, debo reconocer que este deseo tiene muchos retos, uno de ellos es el que mencioné al inicio de este documento. Cuando se da libertad en el dar, por ejemplo, la ausencia de auto control, sensatez, disciplina y sentido común, empuja al oyente a la tendencia, no del dar en libertad, sino del no dar. No estamos preparados para desarrollar una fe madura, libre.

Esto, sumado a que no hay muchos administradores de las finanzas eclesiales que rindan cuentas de las inversiones de los dineros de los aportantes, o que estas se hagan en causas que vayan en línea a los ejemplos de la iglesia primitiva.

Pero el mayor de los terrores a los que el común del cristianismo teme, es el infierno. Algunos porque están en constante preocupación de perder su salvación, otros por estar dentro del grupo de los elegidos y otros porque no saben exactamente los requisitos para ser salvos y si ellos lo son o no. De esta doctrina se han escrito un sinnúmero de lineas, respondiendo a preguntas diversas, desde si este es literal, hasta cómo es.

En todo caso, cientos de miles de creyentes viven en función de evitar terminar su vida, y entonces llegar a quemarse en la paila. Desde esta actitud, muchas personas, por ejemplo, a pesar que su vida o la de sus hijos esté en riesgo al ser víctimas de violencia familiar, o ser humilladas o abusadas en el matrimonio, evitan el divorcio. Y no con esto hago apología al mismo, sino que describo una situación desde el temor que, repito, está poniendo en riesgo la vida e integridad de miles de personas alrededor del mundo.

Así mismo, y por temor al escalofriante infierno, muchos aguantan opresión y abuso por parte de sus líderes religiosos, pastores, sacerdotes, etc; otros cuantos ven pasar sus vidas detrás de un oficio que no les va a traer progreso o realización personal, pues desarrollar las artes, letras o filosofía, es del mundo y un pecado. Con el miedo al castigo eterno se han manipulado pensadores, científicos, se han callado voces de protesta y crítica, se han abortado grandes revoluciones sociales en favor de los vulnerables, se ha censurado el pensamiento y se han deslegitimizado los interrogantes.

No se puede construir una relación con Dios basada en el miedo, pues esto hablaría más de Dios mismo que de la relación con él en sí. Es por eso que las palabras de Jesús deberían retumbar en el corazón de todos sus seguidores, y así mismo, generar una fe madura, que vive en libertad y se autoregula, crea límites, crece. Una fe que hace las cosas por amor y deseo, no por coacción, manipulación y temor.

Por: David A Gaitan
Twitter / @dabycito

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