Cuando nos enfocamos en lo evidente, perdemos lo importante

En días en los que las redes sociales empoderan a cientos de personas para expresar opiniones, desacuerdos, reflexiones, juicios y hasta chismes; al parecer dicho empoderamiento trasciende de lo virtual a lo real. Hace unos años también era así, sólo que solapadamente. Hoy es mucho más abierto.

Y a este fenómeno, lamentablemente no escapan personas que frecuentan iglesias o desarrollan activamente su fe. La condena a aquellos que no creen, piensan o viven como nosotros, ha creado una verdadera batalla campal que deja a lo largo del camino consecuencias irreversibles.

Entonces desde una especie de superioridad moral, se juzga a quienes pecan (en última instancia diferente a nosotros), o a quienes tienen comportamientos que consideramos inmorales, e incluso, delictivos.

Todo esto porque es más fácil encargarse de lo evidente, en vez de lo que lo causa. Así, nuestra condena tiende a desear un castigo como pago al mal que las personas hacen, bien sea contra Dios, la comunidad u otro ser humano.

Por ejemplo, es común encontrar a un par de guardianes de la santidad en la iglesia, hablando mal de la chica que usa una vestimenta que no sea la que llene sus expectativas de decoro y decencia. Palabras condenatorias vienen y van, adjetivos de toda clase, ¡Todo un escenario de matoneo cristiano!

Sin embargo, si es que llegásemos a encontrar algo que reprochar a algún hermano, o incluso a algún incrédulo; deberíamos más bien, en vez de señalar lo evidente, tratar de indagar los porqués.

Si lo hiciéramos, seríamos más compasivos, más amorosos, restauradores, y nos convertiríamos en los brazos que cobijan a quienes necesitan una muestra de cariño. Tal vez si indagáramos más a través de una cálida conversación con esta chica, encontraríamos algún faltante en su vida; a lo mejor se trata de una manera de expresarse, de pedir ayuda, de gritar por amor, o sencillamente veríamos en ello una vía en el proceso de desarrollo natural de su personalidad.

Con esta información (y para seguir con el ejemplo), tendríamos entonces herramientas para guiarle en su proceso de vida, acompañarle, sanarle o amarle, según sea el caso. Pero nó, al quedarnos criticando sobre lo evidente, nos perdemos el fondo, lo importante.

Hace algunos años le escuché al teólogo Ulises Oyarzún una acertada crítica a la iglesia de nuestros tiempos con respecto a temas como el aborto. Porque cuando adjetivizamos a una mujer que ha abortado, llamándola asesina, lo que estamos haciendo es añadir más dolor al dolor.

Nos quedamos con su pecado, o su crimen; pero no nos detenemos a indagar sobre qué la llevó a hacer aquello que hizo. No nos enteramos de su infancia, sus posibles faltantes relacionales, sus temores, incertidumbres, su culpa o su pena. Incluso, debería ser motivo de vergüenza y auto reflexión para la misma iglesia, el hecho que una niña prefiera abortar, antes que abrir su corazón y llevar adelante un embarazo adverso en medio de nuestra propia comunidad.

Esto es tan profundo como macabro, pues al lado de las razones de una adolescente que escoge el camino de la interrupción de su embarazo, está justamente la comunidad hipermoralizada que está lista con el dedo señalador  para acabar con su vida, en vez de rodearla de amor y acompañarla en su embarazo hasta que ella vea como una alternativa viable e ideal, dar a luz.

Con esto no defiendo el aborto, sino que pienso sobre las muchas veces en las que hemos preferido dejar claras nuestras reglas y lo drástico del castigo al inclumplirlas, que hemos olvidado que el sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado (el que tenga oídos, que oiga).

De esta manera con decenas de pecados y delitos. Desde la seguridad de nuestras doctrinas pedimos pena de muerte a grandes criminales, pero no nos detenemos a pensar cómo estos llegaron hasta allí y cómo la iglesia puede aportar en procesos preventivos, más que correctivos.

Así entonces como decía el filósofo Rene Girard, hemos encontrado chivos expiatorios sobre los cuales proyectamos nuestra propia naturaleza. Aquellos pecados ocultos que tenemos en la intimidad y que no son descubiertos por nadie, son los que levantan el dedo señalador sobre los demás, los evidentes; haciéndonos perder de lo importante, somos humanos que caminan en medio de otros humanos y que en nuestra condición, podemos encontrar el amor, la misericordia, la bondad y todo lo hermoso que Jesús vino a evidenciar de nosotros mismos para solidarizarnos con los demás.

Por eso se hace necesario que al lado del desarrollo teológico se inviertan recursos en el trabajo pastoral, entonces dejaremos de ser adultos abusones, que critican a los niños que hacen matoneo en sus colegios.

Entonces entenderemos las palabras del Maestro de Galilea en el evangelio de Juan 7:24 y nuestro juicio será restaurador en amor, usándolo para bien y no para mal.

Por: David A Gaitan
Twitter / @dabycito

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