El dolor que inspira la más bella melodía

El asunto del mal y su subsecuente dolor han sido objeto de estudio de varias disciplinas del pensamiento; desde la filosofía, hasta la teología, pasando por la semántica y otras humanidades. Es interesante que frente a estas realidades, el hombre tiene más interrogantes que certezas, pues no sobran las explicaciones que abordan el fenómeno, siendo estas discordes entre sí.

La posición clásica del evangelicalismo al respecto, es interpretar literalmente los relatos poéticos de Ezequiel 28 e Isaías 14, profecías veterotestamentarias, las cuales, según algunas posturas teológicas, iban dirigidas también a gobernadores injustos de sus épocas.

En estos textos se describe cómo el ángel de luz creado por Dios para su adoración, fue arrojado a la tierra como pago por su envidia y rebeldía para con el Creador, dando en su corazón origen al mal que conocemos en nuestras sociedades.

Sin embargo, Jesús en su caminar por la tierra, al parecer no quiso prestar mucha atención a cómo inició el mal en el mundo o cuál es su naturaleza, sino que más bien orientó sus energías a combatirlo.

Así que el mal que origina dolor es una realidad a la que hay que hacer frente, preferiblemente en comunidad, principalmente desde la bondad y el amor. Lo demostró el Maestro de Galilea cuando trajo alivio a los enfermos, en el momento en el que tocó a los leprosos, cuando visitó al cobrador de impuestos para cenar en su casa, mostrando perdón de pecados; al hablar con una prostituta y sanar su corazón.

Entonces el asunto no es dar respuesta al interrogante, ¿Qué originó el mal?, sino, ¿Cómo hacemos frente al dolor?

Estas preguntas traen a mi mente la historia del ser humano, del oprimido, del diferente. Y entonces recuerdo a los esclavos negros en los Estados Unidos a principios del Siglo XX, los que se inventaron el blues. Lo que ocurrió con la iglesia en días de segregación racial deja muchas lecciones que debemos aprender para no repetir errores.

Cuando la esclavitud era justificada desde el texto bíblico, en los días en que los blancos se reunían en sus propias iglesias y los negros en otras; pues aunque todos en Jesús eran hermanos, había razones más fuertes al amor, las cuales los dividían.

Entonces los primeros eran litúrgicos, ceremoniales, cantaban majestuosos himnos a capela, la solemnidad se paseaba por sus iglesias y vidas acomodadas. En cambio, los segundos no.

Los esclavos de color trasladaron su dolor y tristeza a los campos, esos mismos lugares en los que eran presas de la opresión y la injusticia de la vida. Y cantaron. Levantaron su voz de protesta, pedían que su infierno terminara, clamaban a Dios con sus gargantas para que estas fueran escuchadas por Dios y se acordara de ellos; transformaron la desesperanza en esperanza.

Entonces los campos y las casas donde servían se transformaron en grandes salas de ensayo al aire libre. El viento fue testigo y propagador de tanta belleza, nacida en la miseria, en uno de los géneros musicales más hermosos hasta hoy. El papá de la música gospel, del jazz. Todo nació en la miseria.

Así los oprimidos celebraban su liturgia de otra manera, con música excelentemente hecha, divina, alegre, humana. El cielo tocando la tierra en sus voces, palmas y órganos musicales.

Hoy, varias décadas después de este triste pasaje de la historia, disfrutamos como nunca la belleza de los géneros de música de los negros. Un deleite que costó lágrimas y dolor. Pero como dijo el poeta, de los momentos más oscuros nace el arte más bello.

Recuerdo una escena de la película En busca de la felicidad, protagonizada por Will Smith. En ella, el personaje, después de luchar la inclemencia de una pésima economía, sin tener dónde dormir ni qué comer y con un hijo bajo su responsabilidad, llega a una iglesia en los Estados Unidos, mientras un coro gospel entona, “Señor no muevas esa montaña, dame las fuerzas para subirla…”. Toda una banda sonora de los momentos oscuros de la vida, misma que se gestó desde el dolor de alguien más.

A veces esas montañas no se moverán, sólo debemos aprender a subirlas, vencerlas y sacar lo mejor de ellas para nosotros y para los demás. La más noble manera de enfrentar la realidad del dolor es saber cómo vamos a reaccionar ante él y cómo estamos dispuestos a superarlo.

Lea aquí: Cuando Dios decide no hacer un milagro

Dios nos ha dado el maravilloso don de convertir la tristeza en alegría, el llanto en sonrisas y el dolor en vida. Podemos hacer música con nuestras tragedias, es la manera de vencer al mal. La vida es dura y suele darnos lecciones muy difíciles, que si las aprendemos, estaremos más cerca de ser como Jesús, dando y recibiendo amor y misericordia.

Lea aquí: Permítete ser humano

¡Vamos a vivir y vamos a cantar!

Por: David A. Gaitan
Twitter / @dabycito

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