¿Cómo es eso que Dios ordena hacer holocaustos y luego dice que nunca los quiso?

El asunto de los sacrificios toma amplias líneas del Antiguo y sus posteriores aplicaciones y teologías en el Nuevo Testamento. Sin embargo, una lectura detenida desde el contexto completo de la Biblia, considerando a Jesús como ficha hermenéutica, pareciera develar cierta crítica hacia los mismos. En primer lugar, tenemos el texto en la ley de Moisés en donde se ordenan los holocaustos. Este lo encontramos en Levítico 1:

“El Señor llamó a Moisés y le habló desde la tienda de reunión, diciendo: 2 Habla a los hijos de Israel y diles: “Cuando alguno de vosotros traiga una ofrenda[a] al Señor, traeréis vuestra ofrenda de animales del ganado o del rebaño. 3 “Si su ofrenda es un holocausto del ganado, ofrecerá un macho sin defecto; lo ofrecerá a la entrada de la tienda de reunión, para que sea aceptado delante del Señor.

4 “Pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y le será aceptado para hacer expiación por él.

5 “Entonces degollará el novillo delante del Señor; y los sacerdotes hijos de Aarón ofrecerán la sangre y la rociarán por todos los lados sobre el altar que está a la entrada de la tienda de reunión. 6 “Después desollará el holocausto y lo cortará en pedazos. 7 “Y los hijos del sacerdote Aarón pondrán fuego en el altar, y colocarán leña sobre el fuego. 8 “Luego los sacerdotes hijos de Aarón arreglarán las piezas, la cabeza y el sebo sobre la leña que está en el fuego sobre el altar. 9 “Pero las entrañas y las patas las lavará él con agua. Y el sacerdote lo quemará todo sobre el altar como holocausto; es ofrenda encendida de aroma agradable para el Señor.

10 “Mas si su ofrenda para holocausto es del rebaño, de los corderos o de las cabras, ofrecerá un macho sin defecto. 11 “Y lo degollará al lado norte del altar, delante del Señor; y los sacerdotes hijos de Aarón rociarán la sangre sobre el altar, por todos los lados. 12 “Después lo dividirá en sus piezas, con su cabeza y el sebo, y el sacerdote los colocará sobre la leña que está en el fuego sobre el altar. 13 “Pero las entrañas y las patas las lavará con agua, y el sacerdote lo ofrecerá todo, quemándolo sobre el altar; es holocausto, una ofrenda encendida de aroma agradable para el Señor….”

Sin embargo, hay por lo menos dos ejemplos en los que los hombres (profetas, escritores bíblicos) manifiestan que Dios no quiere Holocaustos.

1. “Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros.” 1 Samuel 15:22

2. “Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; No quieres holocausto.
Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado;
Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.
Haz bien con tu benevolencia a Sion;
Edifica los muros de Jerusalén.” Salmos 51:16-18

Pero hay algo más, en el siguiente texto, es Dios mismo, diciendo por medio del profeta que Él nunca había ordenado sacrificios.

” Porque no hablé yo con vuestros padres, ni nada les mandé acerca de holocaustos y de víctimas el día que los saqué de la tierra de Egipto. Pero esto les mandé, diciendo: Escuchad mi voz, y yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo; y andad en todo camino que os mande, para que os vaya bien.” Jeremías 7:22-23

La respuesta a estas aparentes contradicciones se encuentra en la naturaleza de la Biblia, la cual ya hemos abordado en oportunidades anteriores. Recordemos que las Escrituras son textos escritos por hombres que describen su entendimiento de Dios (teología), en sus épocas y en sus contextos sociales (para entender este argumento con mayor detenimiento, lea aquí: ¿Cómo llegó la Biblia hasta nosotros?).

Es por eso que debemos reconocer la importancia de acercarnos a los textos desde la crítica textual y la Alta Crítica. Pero una nota al margen de mucha importancia, una de las razones por las que la mayoría de teologías validan la doctrina de la expiación vicaria de Cristo, es porque, según ellos, Dios mismo ordena los holocaustos como prácticas inamovibles de redención y perdón. De esa manera, se valida el sacrificio de Jesús como el “Cordero del Sacrificio”. Sin embargo, estos textos nos deberían hacer pensar en ello (para entender este argumento con mayor detenimiento, lea aquí: ¿Entonces cómo debo leer la Biblia? y también: ¿Cuál es la Sana Doctrina?).

Por supuesto que dejar el tema hasta aquí sería un arma de doble filo, pues no sería fácilmente aceptado para una gran parte de la cristiandad que a pesar de estar consignado en el texto Bíblico el asunto de los sacrificios, este comportamiento deba ser leído con los ojos de Jesús, tomándolo a él como ficha hermenéutica primaria.

Pero la cereza del pastel está, entre otros lugares, en esta teología que se construye en el Nuevo Testamento.

“Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley), y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último. En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.” Hebreos 10:8-10

Es muy interesante que desde esta comparación de textos, la conclusión, aunque absolutamente irreverente, pueda ser también obvia e innegablemente posible: El sacrificio de Jesús no habría sido su muerte, sino su vida como ser humano. Pues si Dios no se agradaba en holocaustos de animales, ¿Por qué se agradaría en la de su propio y amado Hijo?

Claro, Jesús mismo dijo que él entregaba su vida para volver a recibirla y que nadie se la arrebataba, sino que él mismo la entregaba, obedeciendo el mandato del Padre (Jn. 10:17-18). Según esta declaración, se podría llegar a pensar que la muerte del Hijo de Dios en efecto obedece a una deuda que se deba pagar y no a un asesinato.

Al respecto, el teólogo puertorriqueño Julio Álvarez reflexiona, “las palabras que Él dijo (Jesús), fueron igualmente dichas por otros proceres y martires, exceptuando la promesa de su resurreccion. Quien se dispone a ser asesinado como resultado de llevar un mensaje subversivo al orden social, politico y/o religioso imperante, puede declarar con total asertividad: ‘Yo estoy dando mi vida, o yo mismo estoy entregando mi vida; en realidad nadie me la quita en contra de lo que estoy dispuesto a asumir’ “. (Sic) (2016).

Y es que si se acepta la doctrina de la Sustitución Penal, el problema no es la deuda en sí, o el pago de la misma; sino la imagen que se construye de Dios alrededor de esto. Por eso habría que preguntar, ¿A quién le tuvo que pagar Jesús dicha deuda, a Satanás o al hombre? En cualquiera de los dos casos, encontraríamos entonces un claro caso de subordinación.

Pero si la respuesta es que no, que la deuda no se pagó a estos últimos, sino a Dios mismo, el escenario sería mucho más escalofriante. Un Padre que airado y sediento de sangre, no satisface esa sed con cientos de miles de sacrificios de animales, ni en la sangre de millones de personas muertas como consecuencia del pecado, sino que él pudo tener sólo en la de su propio Hijo, el descanso que precisaba.

Para ilustrar un poco esta posibilidad, quiero tomar prestada una teoficción del psicólogo y observador teológico mexicano Paco Larios, quien a través de sus lineas aborda el escenario de una manera bastante interesante.

La parábola del padre amoroso

1 He aquí que el padre amoroso tenía dos hijos. El primero era misericordioso y justo en todos sus caminos, tenía un corazón semejante al suyo. 2 El segundo hijo se había extraviado en su maldad y en sus malos caminos. Y las evidentes malas obras y los vergonzosos hechos de su segundo hijo le hacían arder en ira. 3 Y la ira del padre amoroso lo consumía; y por mucho tiempo pensó en darle a su mal hijo el castigo que merecía.
4 Pero el padre amoroso sufría grandemente; porque el inmenso amor que sentía por su segundo hijo sólo era comparable a la gran ira que le producía su maldad y a su necesidad de castigarla.
5 Y el primer hijo miraba contristado la angustia del padre amoroso, por lo que cierto día le dijo: castígame a mi, padre, que no sufra mi hermano y tú no desfallezcas a causa de tu amor y tu justicia.
6 El padre amoroso convino.
Entrada la mañana del día siguiente tomó a su primer hijo y lo llevó a la plaza pública.
7 Y al llegar clamó a gran voz diciendo: que nadie me detenga en lo que haré, porque es necesario que sea hecho.
8 Desnudó a su hijo y comenzó a volcar sobre él todo el castigo y la ira que había apartado para su segundo hijo. 9 Tal era el amor del padre amoroso por su segundo hijo que golpeó, humilló, insultó, despreció, maldijo, azotó e hirió a su primer hijo hasta quebrantarlo para evitarle tal castigo al segundo. 10 Y el padre amoroso no se detuvo hasta que vació toda su ira y todo su castigo sobre él, desfigurando su rostro y moliendo su cuerpo, desde la mañana hasta la tarde. 11 Cuando el padre amoroso terminó, ante el asombro de todos, ató a su primer hijo a un poste. 12 Al verle padeciendo y a punto de morir, el padre amoroso sintió desagrado y asco por su primer hijo y le dio la espalda. 13 Con su último aliento el primer hijo le dijo al padre amoroso: no me dejes. Pero el padre le dio la espalda y se fue a casa.
14 Pasadas unas horas el primer hijo murió.
Pero cuando el padre llegó a casa encontró al segundo hijo y le abrazó y le besó la frente y le llamó hijo amado. 15 Porque ya no había ira en su corazón.

16 Pero el segundo hijo, viendo lo que el padre había hecho al primero, tuvo miedo. 17 Y aunque su padre prometió jamás hacerle algo semejante, nunca más volvió a tentar a ira a su padre amoroso. (2017)

Desde esta perspectiva, una imagen del Padre airado y sediento de sangre, ha inspirado teologías basadas en el miedo (aunque se hayan escondido en el eufemismo “temor”, explicando este mismo como respeto o reverencia) y como consecuencia, ha creado liturgias y maneras de relacionarse con Dios de una manera que genera el interrogante, ¿este es verdaderamente el deseo del Dios de Jesús?

Ahora, una lectura rápida de la teoficción anteriormente presentada, evidenciaría que en esta se ha dejado fuera el componente de la respuesta del padre amoroso ante la muerte de su hijo bueno, la resurrección. Sin embargo, no deja de ser una conclusión desde la paradoja, pues es justamente esta (la del padre) una respuesta de vida, no de muerte.

Por supuesto que en este punto no podemos ignorar las referencias de Pablo directamente a la expiación vicaria de Cristo y el poder de la sangre en su muerte. Y toma relevancia este hecho, justamente porque para nadie es un secreto que este apóstol no caminó con Jesús, sino que su imagen de Jesús se construyo desde dos elementos determinantes, la Teofanía y en un espacio de tiempo post mortem.

Uno de los retos más grandes que debe enfrentar la lectura bíblica hoy en sectores cristianos, es que aunque sus declaraciones doctrinales establezcan que Jesús es el único camino al Padre y en él tenemos su imagen más pura, en la práctica se han dado más peso a las palabras de Pablo o de los profetas, incluso que a las del mismo Hijo de Dios. ¡Y no hablar de sus comportamientos!

Pero hay que agregar más ingredientes a este tipo de acercamientos teológicos y hermenéuticos. Uno de los más importantes, es que, según palabras del teólogo chileno, Ulises Oyarzún, las cartas de Pablo fueron tempranas, pero los Evangelios tardíos. De alguna manera, estos últimos son reaccionarios a lo que estaba ocurriendo con el mensaje del apóstol. (2015)

Tal vez para muchos, estos hechos no signifiquen nada, pero en última instancia, la imagen que tengamos del Padre determinará la manera como nos relacionamos con él y con los demás. Jesús nos quiere salvar de una mala imagen que podamos haber construido de Dios.

Lea aquí: ¿De qué nos salvó Jesús?

Y es que de ser cierto que en realidad la muerte de Jesús no fue el pago de una deuda, sino que obedeció a un asesinato que buscaba callar su voz y mensaje, del cual podemos tener la revelación del Padre, este escenario debería llevarnos al arrepentimiento, pues según la tesis del teólogo Rene Girard, hemos sido nosotros quienes hemos encontrado en Dios el chivo expiatorio perfecto, pues hemos proyectado nuestra propia maldad y falta de misericordia en la imagen que nos construimos de él.

Por: David Gaitan
Twitter / @dabycito

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