Mi relación está en peligro, pero mi pareja no quiere cambiar ni pedir ayuda

A diario me encuentro con historias de amor, algunas que se desarrollan saludablemente, pero otras que se encuentran viciadas, heridas, y al parecer sin esperanza. Son esas historias que pueden ocurrir a cualquiera, y que de hecho se presentan más frecuentemente de lo que se imagina.

Pero cuando una relación de pareja se desarrolla saludablemente, no se trata necesariamente que esta tenga ausencia de conflictos, desacuerdos o problemas; de hecho ninguna relación presenta estas características, pues de existir, habrá que prender las alarmas porque seguramente no es una relación saludable, sino una mentira. No. Más bien, se trata de personas que aprendieron a solucionar sus problemas y cerrar círculos.

Una relación saludable aprenderá a negociar, a hablar, discutir, expresar y escuchar para así llegar a acuerdos que permitan tener una convivencia que en vez de destruir, construya. Si un individuo se encuentra en medio de una relación saludable, todo será evidente porque dicha relación lo levantará, le brindará herramientas de desarrollo y superación, será un trampolín para que sus relaciones externas sean más sólidas y causen bienestar.

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Pero cuando el individuo, en vez de esto se ensimisma, comienza a evidenciar destrucción de relaciones significativas externas a la de la pareja, se estanca en sus aspiraciones, pierde la alegría, se distancia de amigos y seres queridos, abandona los estudios, renuncia a sus sueños, etc; es porque algo está mal y muy seguramente la relación de pareja es nociva.

Hay muchos otros indicadores que pueden encender las alarmas cuando algo no está bien en medio de una relación de pareja; abuso psicológico, físico o verbal, violencia intrafamiliar, engaño, machismo o hembrismo, especulación, entre muchas otras, dan aviso que las cosas deben corregirse.

Varios factores pueden llegar a aportar para que una relación desemboque aquí. Cada pareja es un mundo totalmente diferente a otra y cada individuo que la conforman también. Generalmente, las parejas no están trabajando de manera proactiva en su relación para evitar que esta se degrade a puntos indeseables, sino que cuando llegan los problemas, comienzan a intentar buscar acciones correctivas.

Vivimos en medio de una sociedad que no está acostumbrada a tomar acciones preventivas, sino que espera a que el daño esté hecho para intentar sanar. Sin embargo, en medio de una relación de pareja es importante trabajar con pequeñas acciones para que el desenlace final no sea trágico. Pero, cuando el daño ya está hecho, se hace necesario tomar medidas en el asunto.

De esta manera, si uno de los individuos que componen la pareja está siendo vulnerado de alguna manera, si es víctima de algún tipo de comportamiento que va en detrimento de su seguridad, felicidad o bienestar, deberá tomar acciones y no esperar que las cosas crezcan hasta un punto de no retorno. Es aquí cuando el diálogo es protagonista al momento de la resolución de conflictos.

Lamentablemente, nuestra cultura procastinadora (dejar para después) hace que se aplace el momento de la confrontación por días, semanas, meses, e incluso años, poniendo en riesgo hasta la vida de la víctima. Así que el primer paso a tomar en medio de una relación malsana, es afrontar el problema y hacerlo cuanto antes.

Las cosas no se solucionarán por sí solas, así que es una obligación, basándose en el amor propio y hacia el cónyuge, expresar claramente las inconformidades y expectativas frente a lo que está ocurriendo para buscar una solución efectiva. Aplazar en el tiempo este momento sólo traerá más problemas y añadirá dolor al dolor.

En este ejercicio puede haber dos posibles resultados. Uno, que el cónyuge confrontado reconozca la falta, e incluso que exprese también sus decepciones y expectativas para que así se busque una solución conjunta, o dos, que niegue su responsabilidad e intente minimizar los sentimientos de quien sufre frustración, a tal punto de buscar que este desista.

El primer resultado es el deseable, pero lamentablemente el menos común. De tal manera que si el resultado es el segundo, la recomendación siempre es buscar ayuda.

Para hacerlo, es importante tener en cuenta que quien brinde esta ayuda debe ser una persona capacitada y competente, pues un mal consejero o terapista, por más buena intención que tenga, si no posee un criterio maduro y responsable, hará más daño que bien en la situación.

Una vez agotado este recurso, pueden ocurrir otras dos cosas. En primer lugar, que el cónyuge confrontado acepte la ayuda con el fin de salvar la relación o que se niegue a hacerlo, ignorando los reclamos de su pareja y minimizando, una vez más sus peticiones y sentimientos.

En este momento, las cosas pueden degenerar en un punto de no retorno, el cual podría llegar a ser absolutamente nocivo en la relación de pareja. El cónyuge que no está interesado en recibir ayuda, tratará de impedir que su pareja lo haga también, sembrando pensamientos de desánimo, control y usando la manipulación para que el problema no se confronte, sino que se aplace. Una vez más, esta actitud vendrá en detrimento, no solo de la pareja, sino de los individuos, incluso del ambiente familiar, afectando los hijos en caso que los haya.

Por eso, si este es su caso y su pareja no quiere pedir o aceptar ayuda, hágalo usted. Levántese, saque el tiempo y los recursos económicos de ser necesario, pida cita con el profesional, asista a las terapias y sane su vida. Si su cónyuge no está dispuesto a acompañarle, usted habrá salvado su responsabilidad.

Una relación se construye entre dos y si usted está solo tratando de salvarla, reconstruirla, o buscando su paz en medio de ella, no se detenga en escuchar un consejo sabio y seguirlo. No sólo vaya a terapia, tome acciones que le ayuden a salir de en medio de una relación tormentosa o degradante.

Uno de los temores que más hace eco en medio de parejas cristianas, es el de deshonrar a Dios a través de la separación, o incluso, el divorcio. Sin embargo, tener un entendimiento de estas dos estaciones traerá libertad en aquellos casos en los que las cosas están tan dañadas, que la salida más honesta y saludable es esta última, hay casos en los que no sólo se deben considerar, sino que adoptar, sin que ello signifique fracaso.

Por ejemplo, en su libro Esperanza para los separados, Gary Chapman explica cómo incluso la separación puede llegar a traer sanidad, según el caso, a parejas que se encuentran en procesos difíciles dentro de la relación; llegando a solidificar la unión después de el distanciamiento. Y aunque en otros casos, el resultado de la separación pueda llegar a ser el divorcio, siempre hay que hacer frente a los problemas a través de un intermediario profesional, pues cada situación es totalmente diferente.

Lea aquí: ¿Cómo superar una infidelidad?

Dios no quiere que vivamos en tristeza, depresión, ni siendo víctimas de abuso o violencia, mucho menos cuando estas son propinadas por las personas que supuestamente deberían amarnos, por eso hoy es el día en que debes tomar cartas en el asunto.

Por: David A Gaitan
Twitter/ @dabycito

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