Yo no sirvo para multiniveles. Ni empresariales, ni eclesiásticos

Hace algunos meses atrás recibí la cálida llamada telefónica de un entrañable amigo de adolescencia y primera juventud. Se trataba de un compañero de vida escolar, de esos que suelen convertirse en algo así como un hermano, pues al compartir tanto tiempo juntos en medio de las matemáticas y la historia, los lazos se hacen fuertes en la cotidianidad.

Una vez la vida nos obligó a tomar cada uno un camino diferente, nos distanciamos poco a poco; pero eventualmente alguna vuelta del destino nos hacía coincidir en cierta calle o centro comercial. Así que los saludos eran efusivos y las pequeñas y profundas conversaciones tomaban protagonismo en medio de los escasos minutos que nuestras agendas nos permitían.

Muchos guardamos muy buenos recuerdos de los momentos vividos en el colegio, esta es una de las épocas más memorables de nuestras vidas y por supuesto, también las personas que nos acompañaron en medio de ellos.

Pero, una vez llenos de responsabilidades, trabajo, familia, hijos y demás; no hay tiempo para nada, casi literalmente. En medio del quehacer que demanda una bebé recién nacida, con todas sus alegrías y preocupaciones, timbró mi teléfono.

Así que su voz al otro lado del aparato, tal vez por la familiaridad en mis primeros años, produjo cierta alegría y alivio. Por esos días él también se había estrenado como papá, así que ahora teníamos algo más en común que las pequeñas aventuras de adolescentes. Una charla de rigor, preguntando sobre mi estado, mi esposa, la bebé, la vida, etc; que se cerraría con broche de oro. Una invitación a cenar, junto a nuestras compañeras, así nos conoceríamos personalmente y hablaríamos de nuestros nuevos temas en común. Es fácil ilusionarse con este tipo de encuentros, la nostalgia comienza a pasearse por el alma y la alegría la acompaña. Inseparablemente.

Llegó el día acordado y nos encaminamos con mi esposa a la casa de mi amigo, llevamos a nuestra bebé y disfrutamos aún del viaje.

Habiendo llegado, comenzaron los saludos de rigor, las bromas, las presentaciones, las sonrisas y un ambiente cálido que suele caracterizar estos encuentros. Hablamos, nos pusimos al día con un par de asuntos personales y familiares, intercambiamos saberes sobre otros compañeros y amigos, comimos una deliciosa cena preparada por nuestros anfitriones y seguimos riendo. La velada perfecta.

Fue un lindo tiempo, y tanto mi esposa como yo, ya dábamos por terminada la reunión con el alma llena y el corazón alegre, cuando se escuchó de los labios de mi amigo una frase paradógicamente incómoda como interesante, ¡queremos presentarles algo que nos cambió la vida!

Oh, oh… ¿Será que no saben que somos cristianos?, pensé ingenuamente.

Miren, se trata de esta bebida a base de una fruta exótica africana que sirve para el colon, el parkinson, la diabetes, el reflujo, la impotencia sexual, previene y cura el cáncer, trae alivio a las hemorroides, la hepatitis, el VIH, las enfermedades de transmisión sexual, coronarias, digestivas, circulatorias, consuela el mal de amores, atrae a la pareja rebelde, amarra al amor no correspondido, resucita seres queridos, elimina el historial en Datacrédito y los va a sacar de pobres…

En estos días hemos aprendido que no tenemos que trabajar por el dinero, sino que el dinero debe trabajar para nosotros. Todos hemos sido llamados a ser millonarios, a vivir la vida que hemos soñado, ¡En nosotros está el potencial!

Con mi esposa nos miramos sorprendidos e impávidos, sonreímos con cierta hipocresía y nos propusimos salir de ese lugar tan pronto como fuese posible. Pero sin éxito. Los ahora convertidos en caza – clientes, de quienes pensamos eran nuestros amigos, se habían empecinado en cambiarnos la vida como había sucedido con ellos, aún en contra de nuestra voluntad, en caso de ser necesario.

De la cena, nuestros bolsillos lograron salir ilesos, sin algún frasco de jarabe natural a un costo ridículo en nuestro morral, y sin alguna afiliación a no se qué programa de beneficios e enriquecimiento por emprendimiento independiente. Pero el corazón no corrió con la misma suerte.

Todavía recuerdo lo que pensé esa noche. Tal vez a algunos les suene exagerado, pero literalmente, me sentí usado. Todo había sido una fachada para venderme un producto, o un servicio, o la mejor oportunidad de mi vida, o una suerte de mesianismo, que a la postre, para mí, es lo mismo.

La llamada, interesándose por mí y por mi familia era mentira, el propósito estaba escrito y yo, caí redondito… ¡Tres horas de mi vida perdidas aquella noche!

Como era de suponerse, mi amigo, ante mi negativa, jamás volvió a llamarme, ni a interesarse por mi bienestar. Bien claro me dejó que la única manera para salvarme era la que él me proponía y que fuera de ella, no iba yo a tener éxito, ¿Para qué juntarse conmigo si yo ahora era un fracasado que seguramente lo empujaría a él también a mi condición?

Pero el dolor más grande que experimenté no fue por él, pues finalmente el cariño y los recuerdos siempre alimentarán mi corazón, orientándolo a los buenos pensamientos. No. El dolor más grande era hacia mí mismo, pues por muchos años, por no decir que casi toda mi vida, hice lo mismo con las personas, presentándoles mi producto salvífico, el cual se resume en una frase: te invito a mi iglesia; con su derivada, te invito a mi célula.

Porque me di cuenta que no nos importan las personas, sino que en verdad usamos esa muletilla para agrandar nuestro ego cuando nuestro grupo crece. Creemos que ayudamos a los otros porque vienen al culto o a la célula, pero no nos interesamos en lo más mínimo en ellos, sus necesidades, o como punto de partida, en su amistad.

Nos escudamos en que si las personas aceptan a Jesús son salvas, si no, no sólo lo rechazan a él, sino a nosotros también, descartándolas de nuestra vida como si fueran objetos de comercio, una mercancía más. Dejamos de interesarnos por ellos, pero los llamamos únicamente cuando abrimos una nueva célula en su zona o inauguramos una nueva reunión de la iglesia. Les ofrecemos nuestro producto perfecto de felicidad, pero si es rechazado, nos lo tomamos personal.

Así buscamos manipularles, tal vez repitiendo el patrón que hemos vivido al interior de nuestras comunidades de fe. Somos manipulados, y entonces, manipulamos. No se le puede pedir peras al guayabo.

Bien podríamos y deberíamos arrepentirnos de ello, aprender a valorar las amistades por quienes realmente son, interesarnos en ellas y en servirles, no en nuestro propósito proselitista por encima de lo que sea al servicio de una organización. Las instituciones son para las personas, no viceversa… ¡Cuánto nos hace falta por aprender de Jesús!

Ciertas veces, las personas tras recibir un milagro quisieron seguirle, pero él se los impidió. No le importó juntarse con los inmundos o los rechazados, su propósito no era extender su propia agenda, sino que se interesó genuinamente en las necesidades de los demás. Hoy no ocurre eso, lamentablemente.

Y esto se puede corroborar cuando un líder le pregunta a las personas que tiene a cargo, en dónde están los nuevos que ha traído, en cuántos se ha multiplicado, a cuántos va a enviar a encuentro o cuando le preguntan al pastor cuántos miembros tiene su iglesia.

Qué interrogante más inoportuno y macabro. Lleva intrínseca la envidia y el egoísmo, la competencia. No se valoran las personas, sino que estas son un número más; uno que da al pastor de la congregación más prestigio sobre otros.

Mientras tanto, los del camino, a quienes vino Jesús siguen en la calle esperando amor sincero, interés genuino, amistad real y no solo valores basados en el interés y la codicia. Yo no sirvo para los multiniveles de ningún tipo, me dan pereza los empresariales y vergüenza los eclesiásticos.

Sí que nos hace falta salir con las personas que no comparten nuestra fe, reír con ellos, cenar, amarlas, preguntarles por su bienestar, interesarse por ellos, servirles y escucharlos. Seguramente van a ver a Jesús a través de nosotros, y sin hablarles mucho, ellos mismos nos pedirán ser salvados. Seguramente, seremos nosotros los salvados, con su compañía.

Por: David A. Gaitan
Twitter / @dabycito

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