¿Dios tiene preferidos o íntimos?

La comunicación y el lenguaje son dos elementos humanos caprichosos y coquetos. Es como si tuvieran vida propia, pero en última instancia, obedecen a sus amos, quienes nos adueñamos de ellos y los utilizamos convenientemente a nuestro acomodo. Pero ellos hablan con sus propias palabras e ideas, aún si el autor quisiera expresar completamente lo contrario.

Así las palabras viajan y se transforman, hablan al oído de quien se ha dejado atrapar por ellas, pero dicen lo que quieren, incluso, repito, si esto contradice a quien las envió. Sin embargo, una vez en los oídos del receptor, suelen seguir cambiando, ajustando, exagerando, modificando, etc. Algún buen día le escuché decir a Antanas Mockus, citando al viejo filósofo, que los autores y oradores finalmente estamos en manos de los lectores y auditorio, no de lo que escribimos o decimos, sino de lo que ellos entienden.

Por eso la historia ha querido mitigar un poco el efecto del descontrol comunicativo y semiológico, así las humanidades se han dedicado a desarrollar la hermenéutica, como la acción de interpretación del discurso. Todos los textos son susceptibles a hermenéutica, pero uno, particularmente más que otros.

Me refiero a la Biblia, pues por su naturaleza, es esta una obra recopilada desde diferentes contextos geográficos, históricos, temporales, de lenguaje, etc. Negar esto es intentar tapar el sol con un dedo e insultar a aquellos que creen en la premisa de ostentar la interpretación correcta o lectura verdadera de las Escrituras, tratándolos así como ignorantes o ingenuos.

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Es entonces en medio de esta abrumadora honestidad que se comienzan a construir discursos desde los libros y los púlpitos. Recientemente se han dedicado muchas líneas a sustentar la idea bíblica, que Dios tiene preferidos, hoy por hoy, mejor denominados como íntimos. Una idea que sirve, se subyuga a la intención de clasificar, estratificar la fe. Entonces los íntimos son los favoritos, los primeros, los que están mas cerca al corazón del Padre; luego, como consecuencia estaría la gran masa del común, aquellos que a duras penas pueden cargar su cruz.

Una idea bastante conveniente en medio de sociedades hiperconsumistas, burocráticas y políticas, las cuales siembran el deseo en las masas de querer también ser parte de aquellos que son especiales. Una condición que requiere un costo: Intimidad.

Así, entonces toma protagonismo nuevamente el misticismo, en el que se sobrevaloran las horas de cánticos, oración, meditación y contemplación como superlativas sobre otras prácticas de fe, litúrgicas o no. Así, entre más horas en la Presencia, más íntimos de Dios. Entre más oración, más amados, mientras más comunión, más consagrados, mientras más santidad, mayor aceptación.

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Generalmente los íntimos, son aquellos que más obedecen las normas de la comunidad religiosa, quienes se esfuerzan (hasta la sangre), en contra de sus pasiones o pulsiones, y quienes se adaptan a las expectativas que el líder, iluminado por Dios, les imparte.

Una creencia bastante extendida en medio de expresiones de fe latinoamericanas contemporáneas. Y por supuesto, desde interpretaciones del texto bíblico, tomando como ejemplo a Juan, el discípulo amado, o a los del círculo más cercano del Maestro. Se construyen sermones no menos que emotivos y lógicos, que desembarcan en una supra-espiritualización de la vida y promueven el escapismo ético del mundo.

Así, quienes no están en la élite, aquellos que no oran todos los días a las cinco de la mañana, quienes no ofrecen ayunos de cuarenta días, tal como los líderes lo hacen, se alejan cada vez más de la vida sobrenatural y abren una puerta para que el devorador acabe con sus cosechas. La brecha entre los iluminados o semi-divinidades y los que no son íntimos, es cada vez más grande, directamente proporcional a la admiración que profesan los segundos hacia los primeros.

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Una ideología que se basa en conclusiones desde la lectura hermenéutica de los textos, pero que a su vez reúne todos los requisitos para ser cuestionada y contra argumentada. Hay muchos caminos que se podrían tomar para desvirtuarla, uno podrían ser las palabras de Pablo, quien no hace distinción de personas por razones de raza, sexo, estatus y demás.

Las Escrituras construyen una imagen de Dios como Señor de señores, Rey de reyes, el Dios de los dioses. El episodio de la Torre de Babel tiene múltiples enseñanzas y aplicaciones; una de ellas es que la confusión de las lenguas en aquél día, quiebra la pretensión humana de generar clasificaciones, de enseñorearse los unos de los otros.

En el Nuevo Testamento, se construye la premisa Jesús es el Señor, o el Señor Jesucristo, Cristo es el Señor. Una asociación muy común en medio de los habitantes de la Palestina del Siglo Primero, la cual se establece como una crítica ante el enseñoreamiento de la realeza sobre el resto del pueblo. No hay ahora señores o reyes humanos, sino que Cristo es el Señor, los demás, todos son iguales.

Idea con la que luchó, por ejemplo, el pastor Marhin Luther King, quien reivindicó los derechos de los esclavos negros y con ello, buscó hasta su muerte la libertad de los mismos, la no esclavitud y su igualdad en medio de la sociedad americana.

Pero uno de los argumentos más sólidos se encuentra en todo el Evangelio de Jesús, en el que reiteradas veces, el Hijo de Dios manifestó ciertamente una preferencia; no por quienes podían ser más íntimos en relación de amistad o en algún tipo de misticismo espiritual; sino de aquellos que fueron rechazados, vulnerados, aquellos que eran menos que el común. Ellos sí fueron los favoritos para el Maestro, sus íntimos.

Uno de los textos que más ruido hacen al respecto, se encuentra en el evangelio de Mateo, capítulo 25, versículos del 31 en adelante.

“Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria,

 y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos.

Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.

Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;

estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.

Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber?

 ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos?

¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?

Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.

Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.

Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber;

fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis.

Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos?

Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis.

E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”

Un texto que bien podría interpretarse como alegórico y despojársele de toda literalidad, como se ha hecho en el pasado, pero, que insisto, sigue haciendo mucho ruido; pues es casi que Jesús representado en los débiles, los rechazados, los del camino y la periferia.

Entonces es una fe pragmática, y aunque suene un poco molesto, invita a la acción, a demostrar el amor hacia el Dios que no vemos, a través del vecino que sí vemos. Otra vez, varias referencias bíblicas se pueden encontrar al respecto.

Así, se comienzan a escuchar voces de descontento en medio de quienes predican superioridad moral, religiosa y espiritual a través de la enseñanza de los íntimos, o preferidos de Dios. Todo desde argumentos como, ¿De qué sirve alimentar el estómago de un pecador si al final de su vida, de todos modos se quemará en el infierno?  

Y entonces es más importante predicar, llevar a las personas a hacer una oración o congregarse, pero despreocupándose de sus necesidades físicas, pues las otras, son eternas. Una visión permeada completamente por el neoplatonismo, así se niegue con vehemencia.

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Veo con cierta simpatía al pastor lavar los pies de los miembros de la congregación en el culto del domingo, una muestra bastante aceptada como sinónimo de servicio. O incluso, oigo invitaciones de púlpito a participar del aseo de la iglesia (templo, lugar de reunión) como muestra de servicio a los hijos de Dios, condenando a quienes no se unen a dicho ejercicio, etiquetándolos como faltos de humildad.

Pero yo me pregunto, ¿Si hay una hermana en la congregación que pasa hambre, que no tiene dinero para comer carne en la semana en su casa, o quien está agobiada por compromisos financieros que no ha podido asumir, de qué le sirve que yo vaya a su casa, lave sus pies y asee su baño? Tal vez le reconforte el alma momentaneamente, pero si junto al ejercicio espiritual, se le dieran unos dólares o herramientas pragmáticas y sistemáticas para superar su situación o aliviar su carga, entonces nuestras acciones sí le estarían sirviendo.

Así que bien valdría la pena dejar un poco de lado los simbolismos, o mejor, iniciar paralelamente a ellos el ejercicio de una fe que sirve, que alimenta al hambriento, que trae sanidad al enfermo y esperanza al deprimido; de esa manera no estaremos siendo más íntimos de Dios, pero sí, estaremos, de verdad, más cerca a sus íntimos.

Por: David A Gaitan
Twitter / @dabycito

 

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