Divorcio y nuevo matrimonio entre cristianos

De acuerdo a algunos estudios publicados por Religious Tolerance, los índices de divorcio entre parejas cristianas y no creyentes son muy parecidos en los Estados Unidos. Los practicantes de la fe bíblica se divorcian, y la tendencia va en aumento día a día. Frente a este fenómeno, tradicionalmente las iglesias evangélicas y católicas tienen la sentencia muy clara: pecado; sin embargo, la teología tiene algo más que decir.

Para poder tener un acercamiento divergente a este tema, deberíamos comenzar por tratar de comprender las implicaciones sociales del matrimonio en tiempos bíblicos. Uno de los comportamientos comunes en los que el cristianismo contemporáneo tiende a caer, es en aplicar conductas o leyes pensadas para ser efectivas en siglos antiguos, el día de hoy, lo que lleva a la praxis cristiana a un anacronismo que puede resultar incluso nocivo.

El teólogo Juan Esteban Londoño en su serie sobre sexo y Biblia explica que el matrimonio, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento no tiene la carga moral actual, y que las dinámicas sociales entonces diferían bastante de lo que hoy entendemos como el pacto religioso entre dos personas que se aman y prometen hacerlo durante todas sus vidas ante el altar.

En primer lugar, a pesar que el mensaje tradicional sobre la familia es que existe un solo modelo (el de Adán y Eva en el Edén), la verdad es que la pluralidad de los mismos es una realidad que no se puede esconder. Encontramos a un Jacob, por ejemplo, con dos esposas y dos concubinas (las siervas de sus esposas). A un Lot que engendra hijos con sus propias hijas, a un Judá que le engendra un hijo a su nuera. Encontramos a un David y un Salomón que tienen varias esposas y otras cuantas concubinas, mientras que vemos que los profetas como Isaías o Jeremías no se casaron e Isaac escogió la monogamia.

En los tiempos de Jesús las relaciones polígamas eran mucho más escasas y quienes las mantenían, vivían a las afueras de las ciudades y en lugares remotos. La razón de esto, más allá de, insisto, lo moral; era económica.

Las relaciones de pareja en contextos bíblicos tenían que ver con el dinero y las riquezas. La sociedad patriarcal así lo requería para las dinámicas familiares. El hombre, debía proveer para su esposa e hijos, él era el encargado del bienestar de su casa. En sus manos reposaba la responsabilidad del alimento, el techo y cubrir las necesidades. Ese era el límite. Si él tenía los recursos para sostener varias mujeres y sus generaciones, lo hacía. De lo contrario, se quedaba solo con una.

A cambio, los hijos se convertían en un capital que con el tiempo generaría riquezas. Los hombres, se convertían en fuerza de trabajo gratis para el padre, las mujeres en la dote que los pretendientes presentaban al jefe del hogar para poder contraer nupcias con ellas.

Desde estas realidades se desprenden dos comportamientos reseñados en las Escrituras bastante interesantes. En primer lugar, el dolor profundo en las mujeres que no podían engendrar. Imaginemos la escena. Un esposo responsable que provee todo lo que necesitan, pero ellas no pueden responder a esto, se convierten literalmente en un elemento inservible dentro del hogar. La cosa se complica cuando en la casa hay otras que sí tienen hijos y se genera una especie de competencia carnívora. El panorama es desolador y está reseñado en varios textos de las Escrituras.

En segundo lugar, la relevancia del adulterio por la naturaleza, no moral, sino económica de la transgresión. Para entenderlo, es importante comprender que usualmente el afrentado siempre era el marido de la mujer adúltera, no la mujer del marido adúltero. Todo porque el hombre siempre tenía que tener la certeza que la descendencia que venía de sus mujeres era suya y de nadie más. En realidad el adulterio era un delito en contra de la propiedad privada del varón.

Las mujeres eran una propiedad más del hombre de la casa, al igual que los hijos, las ovejas, los becerros, la tierra, los cultivos, las tiendas, las casas, etc. Hacían parte de la heredad y esto era evidente entre otros, por relatos bíblicos en los que se reseñan los asistentes a un evento en hombres, sin contar las mujeres ni los niños.

En esa misma línea la importancia de la virginidad de las señoritas al momento de contraer nupcias con su prometido. La falta de este requisito era no solo una vergüenza para ella, sino para toda la familia, era una falta gravísima a la honorabilidad del padre y debía ser repudiada por el marido, quien no podría garantizar que su descendencia llevaría su propia sangre.

En este contexto es que la actitud de Jesús frente a las mujeres tiene una relevancia superlativa, para su tiempo y para nosotros. El carpintero de Galilea se propone reivindicar a las mujeres y darles un lugar importante en el Reino de los Cielos, sobre todo cuando ellas eran social, cultural, religiosa, política, e incluso, académicamente, si es que la palabra no resulta anacrónica, un cero a la izquierda. Su única función era engendrar hijos a su casa y servir al marido.

Cuando permite que las mujeres le escuchen en sus discursos y enseñanzas, está revolucionando la dinámica frente a ellas, quienes debían permanecer fuera del templo, en un lugar menos privilegiado que el de los hombres en el momento en el que se lee la Torá o se reflexiona sobre ella.

Pero el punto máximo de empatía del Hijo de Dios con respecto a ellas es cuando en el evangelio de Mateo, en el capítulo 19, presenta una sentencia radical en contra del divorcio, así como en el mismo evangelio, pero en el capítulo 5 se refiere al repudio de la mujer y el adulterio.

En estos textos, Jesús reivindica la condición de quienes sabe, son vulnerables por un sistema que les es adverso. La supremacía varonil era inminente. El hombre tiene autoridad inherente sobre la mujer, por el simple hecho de ser varón. En ese orden de ideas, es muy difícil, por no decir que casi imposible, que una dama pueda resistirse o negarse a una insinuación de índole sexual. Los roles de poder en términos de género estaban muy definidos. Esto quiere decir que es muy probable que una vez el hombre pretendía a una mujer, fuera esta casada o no, ya ella no podía negarse, a menos que su fuerza física se lo permitiera.

Jesús era consciente de este tipo de comportamientos, por eso eleva el desear a una mujer en la mente, al estado del adulterio y de pecado. Lo que el Maestro de Galilea estaba buscando con sus palabras es dejar un precedente para que a los hombres, por quienes se causaba la transgresión sexual, no pensaran en tomar a las damas para sí, ni siquiera en la mente. Si él atacaba el problema desde le momento mismo de la concepción, es decir, la idea, ya habría ganado un gran terreno.

Porque las consecuencias siempre serían funestas en detrimento de la mujer, más no del hombre (a menos que este fuera descubierto y se cobrara venganza contra él por parte del marido o padre de la deshonrada). Si una esposa era repudiada, ella quedaba literalmente en la calle, sin el cobijo económico del marido, lo que la arrojaba a la mendicidad o a la prostitución.

Hay un elemento aún más macabro alrededor de esta situación, y es que en los tiempos de la Palestina de Jesús, los judíos estaban repudiando a sus mujeres por cualquier cosa, desde falta de habilidad para cocinar, hasta supuesta insatisfacción sexual por parte de los maridos. Es por eso que el carpintero eleva la causa de divorcio únicamente a fornicación.

De esta manera, él estaba salvando desde entonces y por muchos años de la prostitución y mendicidad a aquellas mujeres que estaban, además de ser objeto de violencias, abusos y repudio; arrojadas a una vida indigna y sufriente por la dureza del corazón de sus esposos.

Hoy día los matrimonios del mundo occidental distan mucho en naturaleza de los tiempos que son narrados en las Escrituras. Desde hace pocos años, es que las parejas contraen nupcias desde el amor, el romanticismo y la decisión personal. Antes el interés económico y/o social era el que prevalecía sobre todo.

En medio de estas nuevas realidades, es que el divorcio se ha configurado también como una salida a diferentes situaciones relacionales dentro de los matrimonios que en las épocas bíblicas sencillamente no existían. Por eso es que este no debería condenarse per se.

El espíritu que inspiró a Jesús para rechazar el divorcio en sus tiempos es el del amor, el de guardar la integridad que había sido vulnerada, el de proteger a la parte menos favorecida, el de mantener el bienestar de quien puede correr peligro a causa de esta difícil decisión.

Hoy se asume el divorcio o el rompimiento de una relación de pareja como un fracaso, sin embargo esto no es una constante. Este puede convertirse también en un final exitoso en medio de relaciones tóxicas, nocivas o que estén poniendo en riesgo la vida de uno o ambos de los individuos que conforman la pareja. Incluso, cuando una malsana relación está afectando a los hijos.

Un ejemplo de esto puede ser el matrimonio en el que se ocurren episodios de violencia intrafamiliar, maltratos de tipo físico, psicológico o verbal. Muchos casos se conocen en donde el cónyuge abusa de los hijos o incluso su pareja. Pero la víctima no tiene la capacidad de tomar una decisión, empoderarse, hacer frente al apego emocional y dejar ese medio nocivo. En casos como este, un divorcio es un final exitoso, pues de esta manera se está salvaguardando la integridad de la víctima y se está denunciando socialmente el mal comportamiento del victimario.

A veces la conclusión exitosa que termina en divorcio se ocurre cuando habiendo una infidelidad y engaño, a pesar del perdón, no se superan las consecuencias del mismo. La ruptura puede traer paz a ambos cónyuges, por un lado quien es objeto de juicio puede descansar de la carga de la culpa y por el otro, de la falta de confianza o celos.

Hay casos en los que las diferencias entre los cónyuges se hacen insoportables y generan atmósferas de violencias en las que ambos son víctimas y victimarios. No hay un acuerdo en puntos determinantes de la convivencia y divergencias en principios y valores, los cuales, al ser irreconciliables, generan frustración, tristeza, enojo y hasta condiciones como ansiedad y depresión. En estos casos, un divorcio también es un final exitoso, pues recupera la paz individual, la autoestima, e incluso la libertad.

El divorcio se convierte en alternativa cuando se está transgrediendo el mandato de Jesús de amar al prójimo como a sí mismo dentro del matrimonio. Lamentablemente hay episodios en los que desaparece el amor propio y hacia el otro. Paradójicamente la ruptura es el camino más sano, para también traer sanidad.

Como estos hay muchos ejemplos, pues cada relación es un mundo diferente y cada uno de esos mundos debe ser revisado desde el amor, la empatía y el profesionalismo. Por supuesto que siempre el primer recurso es intentar llegar a puntos de acuerdo para salvar la unión de la relación; sin embargo, al final decir no, también es una respuesta.

En cuanto a un nuevo matrimonio, todas las cosas debemos hacerlas como para el Señor y no para los hombres.

Por: David A Gaitán
Twitter / @dabycito
Facebook / @DavidGaitanR

 

Este y otros temas en SalvaDos. Trabajo editorial del autor sobre relaciones de pareja. Disponible pronto

 

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