Redención | “There is a crack, a crack, in everything. That’s how the light gets in”

Leonard Cohen

“Hay una página en la historia del amor en la que la tinta nunca se seca.” Que sean estas palabras tomadas de una canción de Sting las que me permitan compartir un capítulo de mi historia. En caso de que alguno guste de adelantarse al final y contar los momentos de cierre de la película antes que uno la haya visto, he aquí el spoiler: estuve casado por varios años, construí una familia ejemplar, me divorcié hace mucho tiempo y aquí estoy. Solo. Redimido.

Los eventos

Soy de los que abrazó el evangelio de manera consciente y decidida en mis años universitarios, un poco hacia el final. Si bien provengo de una familia evangélica, siendo todavía un niño me distancié de la influencia paterna e hice todo lo posible para que se notara que yo no era cristiano. Fue así como llegué a la universidad.

Mi conversión se dio en el tráfago de la lucha estudiantil. La presencia de una comunidad en ese espacio, cristiana local me proveyó la primera experiencia de disfrute de la hermandad de la fe. Ha sido tan fuerte su influencia que hasta el día de hoy conservo las semillas que sembraron en mí. Ese núcleo local era parte de una familia a nivel nacional, que a su vez formaba parte de una red internacional de gran alcance. En los encuentros estudiantiles con compañeros de otra parte la conocí.

Si bien su belleza me distrajo y creí perder la razón con tan solo observar su rostro, desmayarme ante su sonrisa y contemplar sus curvas, fue su coraje, su alegría, su libertad para decir lo que piensa, su inteligencia lo que me llevó a emprender una travesía demencial en procura de su atención. Ya The Beatles cantaban de “un largo y tortuoso camino hacia tu corazón,” y el poeta suramericano reconocía que “el sendero hacia sus labios estaba minado,” así que no me sorprendió que, aparte de su desdén hacia casi todo (cosa común en toda mujer hermosa), había al menos 100 enormes caleños que ya la vida había puesto como obstáculos antes que yo me asomara. Testarudamente iba a Cali en épocas en que el mundo era tan ancho que un recorrido que hoy se puede cubrir en dos horas, por ese entonces exigía cinco. Eso sin contar que yo generalmente andaba con hambre por aquello de la falta de dinero. Siempre he sido independiente y he vivido a partir de mis propios recursos.

Pero me las ingeniaba para llegar a la capital del Valle. El frente de su casa parecía un parqueadero de motos. Sus pretendientes asediaban día y noche. Todos guapos. Altos. Atléticos. Expertos en los más finos movimientos de la salsa. Seductores. Exudaban autoseguridad. Cada quien con moto de alto cilindraje. Y cada vez me preguntaba por la razón por la que yo insistía en tratar de caber en un contexto hostil. Yo era el cilindro que busca insertarse en un cuadrado.

Supongo que fue un descuido lo que la llevó a percatarse de mi existencia. Fue quizás otro el que le permitió sentarse a hablar conmigo toda una tarde. Y nunca sabré por qué quiso quedarse conmigo. Lo que sí sé es que se inició así una aventura frenética. Ahí estábamos los dos, enfrascados en la lucha estudiantil, en esfuerzos por hacer realidad lo que leímos que fue la oración de Gabriela Mistral: “Muéstrame posible tu evangelio en mi tiempo,” éramos como los enamorados de Mario Benedetti:
“Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo,
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.
Te quiero porque tus labios
saben gritar rebeldía…”

Terminé la U. y me fui para Cali. Tejimos cinco años huracanados: dinámica estudiantil, establecimientos de bases estudiantiles cristianas alternativas en la U. del Valle, en la Autónoma (Cali), en la U. del Cauca, en la U. de Nariño, en la U. José Luis Córdoba (Quibdó), mucho estudio, debates, producción de textos, compromiso con comunidades marginadas en huertas comunitarias y planes populares de vivienda en la loma de Siloé, en Cali.

Y amenazas. Eran los años del exterminio de la Unión Patriótica. Nuestro apartamento se convirtió en el escondite de tantos que huían. Conocimos de primera mano el miedo. Establecimos contactos con organismos internacionales y embajadas para facilitar la escapada de muchos. De nuestro apartamento salían para diversos lugares. Hasta que la ola nos alcanzó a nosotros. Y tuvimos que salir.

Del estropicio de Cali a la placidez de Toronto. Del frenesí y la lucha constante a los primeros descosidos del traje que veníamos confeccionando. La quietud de Toronto me regresó a mis vocaciones inútiles de pensador, estudioso, casi que intelectual. Una beca generosa me permitía pasar el tiempo en bibliotecas, salones de estudio, conferencias, investigaciones con profesores avezados. Ella entretanto vivía su calvario. Su corazón estaba en la lucha por el pueblo, por los más desvalidos y por la situación en Colombia que se desbarataba. Si bien pudo completar en Toronto, casi que a regañadientes, una Maestría en Estudios Latinoamericanos, con todo se desvivía por volver. El futuro que se me abría a mí como profesor universitario e investigador era para ella terreno estéril. Después de unos años y cuando ya se había casi que completado la matanza de un grupo político con el que se nos asociaba, decidimos regresar. Esta vez, fui yo quien lo hizo a regañadientes. En la negociación, renuncié a una invitación de la U. de Aberdeen (Escocia), y luego a otra de Knox College, en Toronto.

Iniciamos, entonces, una etapa de inestabilidad. Si antes era ella la que procuraba regresar, ahora era yo el que buscaba oportunidades para ir a Toronto. Entre la ciudad canadiense y Bogotá, se iba la vida. Pero construimos la imagen de la pareja ideal. Éramos ideales en el sentido de que ahí estaba mi mujer que, con todo y ser esposa y madre de dos hijos, desarrollaba su vida académica y su liderazgo social con entera libertad. Y ahí estaba yo que, al parecer, no veía su masculinidad amenazada por esa razón. A eso agréguenle el glamour. Viajábamos por el mundo. Éramos invitados a conferencias aquí y allá (más ella que yo). Vivíamos en estrato seis. Y nos preocupaba la justicia social. Cuando yo era adolescente escuché la expresión “guerrillero del Chicó,” que era la manera como se burlaban de voceros de la clase media que, tras un vaso de whisky, pontificaban sobre la revolución y manifestaban su respaldo al socialismo internacional. Algo así éramos nosotros. Pero evangélicos.

Lo que nadie sabía era de nuestras discusiones. Ni tampoco que pasaban los años antes que entre nosotros mediara una caricia. Nuestras almas, esas capas profundas que esconden los secretos de quiénes somos, esas mismas que nos habían impulsado el uno a los brazos del otro, se fueron distanciando. El desencanto de ella por la dinámica social de los cristianos, la existencia de la iglesia y el lenguaje engañoso con el que comunicamos el evangelio fue creciendo rápidamente. Su independencia de criterio le daba los arrestos para denunciar en voz alta lo que era erróneo en nosotros los cristianos. Yo procuraba mantener la imagen. A eso me dediqué. A la bajeza hipócrita de sostener una máscara que me permitiera seguir devengando los recursos que me permitían ser propietario de un apartamento en estrato seis, viajar por el mundo y seguir con la vida. Siempre estuve de acuerdo con los cuestionamientos de mi esposa hacia mi ministerio y hacia las iglesias, pero nunca tuve la valentía de anunciar públicamente mi respaldo. Estaba de por medio el ingreso. El prestigio. Los privilegios.

Ella siempre tuvo una debilidad, que se hizo evidente en el comienzo mismo de nuestra vida en común. Fue la debilidad de mencionar la palabra divorcio cada vez que discutíamos. Así que en esta etapa, esa palabra ya se oía a diario. Un mes de mayo estuve todo el tiempo en Toronto atendiendo una serie de invitaciones como conferencista en diversos eventos. Tuve unos días a solas en un monasterio benedictino en la parte norte de la provincia. Fueron días de silencio en los que me propuse meditar en el estado presente de mi vida personal, la de mi mujer, la de mis hijos. La verdad fue que solo pude concentrarme en ella. Hice una lista de sus reclamos recurrentes. A medida que avanzaba mi reflexión, la lista se alargaba. Egoísta. Hipócrita. Narcisista. Machista. Manipulador. La lista resultante seguía avanzando.

La voz de mi mujer en mi mente me desnudó. Me sobrecogió una avalancha de vergüenza. La desnudez: la expresión cumbre de la vulnerabilidad humana. El espectáculo que la desnudez ofrece no es el más estimulante. Un periodista le preguntó en cierta ocasión al Padre García Herreros si él acaso le temía a algo. El religioso respondió que sí, que él le tenía miedo al momento en que le tocara enfrentarse a Dios. Ante la sorpresa del periodista, García Herreros explicó: “Ante el trono de Dios voy a estar desnudo. Eso me produce miedo.” Descubrí que la desnudez más deplorable es la de uno mismo, la que expongo ante mis propios ojos. Esa es la que uno oculta.

En ese momento, en un monasterio perdido en un bosque aún sin hojas porque la primavera se demora en llegar a latitudes tan meridionales, me hice uno con Adán a quien la desnudez lo llevó a esconderse. Pero a diferencia de Adán no escuché una voz que me preguntara “Alvin, ¿dónde estás?” No escuché voz alguna porque solo tuve lágrimas para mi desnudez. Lloré sin parar por más de 24 horas. Y por primera vez en mi vida, no me defendí. La lista de los reclamos de mi mujer me describía a cabalidad. Si yo hubiera sido Adán hubiera tenido que decir: “La mujer que me diste por compañera me desnudó; y no me gusta lo que veo.”

En un mercado artesanal le compré una artesanía. Era el Ángel de la Libertad. Eso fue lo que entendí que ella siempre me quiso decir. Que era libre. Libremente se había fijado en mí. Libremente había hecho causa común conmigo. Libremente se había distanciado de las políticas eclesiales, siempre engañosas, y del discurso amañado de los evangélicos en procura de complacer a los poderes de turno. Libremente me discutía. De lo que me hice consciente cuando le di el regalo del ángel y le dije “eres libre; divorciémonos,” fue que mi llanto en el monasterio había sido también una despedida. Mi corazón ya no la albergaba. Recordé en ese momento que cumplíamos dos años sin besarnos, lo que quiere decir, sin besar a nadie. Fui un marido monógamamente aburridor, o aburridoramente monógamo, lo cual no es ninguna virtud de parte mía. Me ocupaba tanto en mirarme el ombligo que ni tiempo había para indagar si allá afuera había posibilidades de distracción.

Nos habíamos ya regresado a Toronto como familia. Nuevas amenazas nos habían empujado a ello. Nuestros nombres aparecieron en las listas macabras de tres frentes de grupos paramilitares. Ella dijo que divorciada no quería vivir allá. Fueron dos meses de ruego por parte de ella. Pero ya mi corazón había iniciado su travesía. Se había ido.

Travesía

Nuestra separación se produjo el 26 de Febrero de 2004. Nos despedimos por última vez en el Terminal 3 del Aeropuerto Lester B. Pearson, de Toronto. Afuera el termómetro marcaba 26 grados bajo cero.

Yo volví a la soledad de nuestro apto. A mi descenso al infierno.
“A mitad del camino de la vida
en una selva oscura me encontraba
porque mi ruta había extraviado.”

Con esas palabras, Dante Alighieri da inicio a su travesía por el infierno en La Divina Comedia. Al menos en lo que corresponde a nuestra psicología masculina, si es que se puede hablar de tal cosa, es así como se inicia el gran quiebre que divide nuestra vida en dos. Casi que de repente. Y justo cuando estás, o crees estar, en el pináculo.

Durante años me flagelé con la pregunta: “Si ella me rogó, ¿por qué rompí con mi matrimonio?” Es difícil justificar un divorcio cuando no ha habido de por medio abuso físico o sexual, violencia, crimen, infidelidad. Nada de eso se había hecho presente. Lo nuestro fue un distanciamiento de vocaciones. Pero no hay legislación que avale esa razón como justificación para que se dé un divorcio. Un poco después de la fecha que mencioné leí en el blog de una periodista quien, al comentar su caso, admitía que en últimas uno se divorcia por la misma razón por la que se casa: “porque uno quiere hacerlo.” Puesto que no queda bien poner las cosas a un nivel tan deleznable como un capricho, uno las cubre de razones más presentables. Pero al final, llega un momento en el que uno ya no quiere luchar por la pareja. Quizás por eso, la crisis económica que destruye un hogar fortalece a otro; el adulterio que da por terminada una historia matrimonial es el comienzo de un nuevo y mejor capítulo en otro. Hay un núcleo inasible en los puntos de partida de travesías desgarradoras como las que yo inicié ese día. Así como lo dice Dante. De repente.

Mi divorcio hizo reales los riesgos que yo ya había previsto. Por cuanto yo era misionero con Latin America Mission, una organización canadiense, y ministro ordenado de la Baptist Convention of Ontario and Québec y miembro del equipo pastoral de una iglesia de clase media y alta en el norte de Toronto, preví que esos privilegios los iba a perder. Así fue. Perdido el prestigio, perdido el ingreso. Perdido el ingreso, perdidas las oportunidades para avanzar en mi proyecto doctoral. Además, se hizo más dramática la condición psiquiátrica de mi hijo mayor, y ello me obligó a buscar empleo. El que fuera. Con todo, los gastos ocasionados por la condición de mi hijo eran de tal magnitud que caí en bancarrota dos veces, en Toronto. Me regresé cuando pudo superarlas. Me sentí identificado, no solo con Dante camino al infierno, sino con lo que la literatura universal nos muestra a través de los grandes héroes de epopeyas conocidas.

Nos cuenta Homero que a Ulises se le apareció el ciego Tiresias. En la profecía que le dio en relación con lo que sería su vida, Tiresias le indicó a Ulises que cuando llegara a tierra firme debía sacrificar un toro, un oso semental y un carnero. En su lectura de esa leyenda, Richard Rohr, un monje franciscano estadounidense que fue vital para mi redención, dice que en esos tres animales está representado todo aquello que la psique masculina debe sacrificar. El toro, el oso y el carnero le hacen eco a la energía masculina cruda e inmadura. El machismo que mata a los hombres. Pero en mi caso, más que energía bruta, se trataba más bien de un narcisismo autodestructor. Yo me había hecho la imagen de intelectual con vuelo internacional que puede cantar, maldecir, filosofar y alabar a Dios en tres idiomas. Las cadenas de cinco tarjetas de crédito que me ahogaban me daban una autoimagen de éxito. Me consideraba humilde por ir a Carulla. Cuando estaba en Bogotá no sabía nada del mundo al sur de la calle 75.

Lo que quiero decir es que la ruptura con una primera mitad de la vida, que suele descansar en bases falsas, es un acto de liberación que aunque parece insensato (quizás lo sea), el alma viene cocinando por años sin que uno lo sepa. En esa primera mitad uno aprecia el exterior. Los exteriores exigen normas que los sostengan. Uno suele ser inflexible. Uno está determinado a conquistar el mundo o, en mi caso, a liberarlo. Uno es guerrero. Hay la suficiente fuerza como para hacer concesiones, pero uno cree y quiere estar en control.

Sin embargo, si uno está a destinado a ser humano, si uno nació para ejercer de humano, si es cierto aquello de que portamos la imagen de quien nos creó y fuimos diseñados a su semejanza, si sigue siendo válida la afirmación bíblica de que Dios nos puso la eternidad allá bien adentro, entonces esa primera mitad de sacrificio en el altar del éxito exterior hay que romperla.

La parte más oscura de mi travesía en mi solitario exilio autoimpuesto en Toronto fue como la del regreso de Ulises a Itaca: más de 10 años. Al igual que a Ulises, a mí también se me apareció Circe. Cuenta Homero que para Ulises fue supremamente difícil desprenderse de los besos de Circe. Bien se hubiera podido quedar en ese lugar, pero su destino era Itaca. No podía sacrificar su destino por el calor de unos senos turgentes. Mi Circe fue una amiga generosa que no reparó en su compromiso matrimonial con tal de brindarme su hombro y sostenerme en sus brazos para que no me hundiera mucho más en mi lodazal. La ciudad en la que ella vivía es tan distante de Toronto como Riohacha de Bogotá, de manera que cada encuentro era una oportunidad para la reflexión, pues el viaje era largo. Las mías eran reflexiones-oraciones que se parecían a la profecía que Tiresias le había comunicado a Ulises. Yo sentía como si Dios mismo me dijera lo que iba a acontecer. Solo en dos ocasiones pude hacer ese viaje en avión. Al regreso, la hora y media de vuelo fue de un solo llanto al punto que la persona que estaba a mi lado se preocupó de verme tan mal.

Debo admitir, para mi mal, que esa no era la primera vez que yo pecaba deliberadamente. Pecados como ese y de calibres realmente vergonzosos abundan en mi hoja de vida. Pero en esos desmontes de una primera etapa, cuando uno está deshaciendo su vida, cuando uno sabe que va rumbo al infierno, cuando el pasado lo visita a uno permanentemente, cuando quienes lo conocieron a uno se acercan y solo contemplan con piedad condescendiente, pecar es lo último que a uno se le ocurre.

Por entonces apareció mi segundo y francamente gran salvador. Ya mencioné a Richard Rohr. Este otro fue Leonard Cohen, un trovador nacido en Montreal a quien descubrí ya tarde. De él me vino una revelación que aparece en su canción “Himno nacional.”

There is a crack, a crack, in everything Hay un grieta, un grieta, en todo lo que hay
That’s how the light gets in Es así como entra la luz

 

Cohen me hizo ver el otro lado de la afirmación de San Pablo: “Somos vasijas quebradizas de barro para que por sus grietas salga la luz del tesoro que llevamos dentro.” Preferí la versión de Cohen. Yo ya no tenía ningún tesoro por dentro. Necesitaba luz. La grieta de mi adulterio con una amiga casada fue la puerta de entrada de luces que me redimieron.

Con mi amiga, a quien voy a seguir llamando Circe, por primera vez en la vida me vi bello. Recordé entonces que la última, y hasta entonces, única vez que lo había sido fue cuando mi madre me lo dijo a mis cinco años. Pero a los cinco años todos somos lindos, y mucho más ante los ojos de la madre. Tampoco fue que mi Circe me lo dijera. Fui yo quien lo descubrió. Ya antes, las palabras de mi ahora ex esposa me habían desnudado en la soledad de un monasterio benedictino. Esa epifanía fue demoledora por su franqueza dura. Ahora, se me permitió ver el otro lado. La desnudez también revela belleza. Volví a hacer sonar en mi mente una vieja canción de Joan Manuel Serrat:
“Si alguna vez fui bello y fui bueno
fue enredado en tu pelo y tus senos.
Si alguna vez fui sabio en amores
lo aprendí de tus labios cantores”

La segunda mitad de la vida y su destrucción redime lo que las murallas de la primera mitad ocultaron. En la primera mitad uno se cree rey. Igual que Ulises, que era rey de Itaca, pero al parecer ese título era más cosa suya. A menos que salga, se enfrente al mundo, se bata en franca lid con los defensores de Troya, y se las tenga que ver con el océano y sus monstruos y brujas y cíclopes y sirenas y Circes, Ulises nunca sabrá en qué consiste su valor, de qué calibre es su belleza. Yo también era una persona de renombre. Se me consultaba. Me pedían artículos. Me invitaban a conferencias. Pero en la soledad del retrete yo era consciente que lo mío era espuma nada más. Ni siquiera era bello. No ante mis ojos. Se necesitó la grieta descorazonadora de un pecado de infidelidad para saberlo.

Mi infierno me llevó a la ruina. Ya había heredado de mi divorcio una deuda impagable, pues el ritmo de vida que traíamos superaba con creces nuestras posibilidades de ingreso. Se perdió el apartamento en estrato seis. Luego de que las nuevas presiones ocasionadas por la condición psiquiátrica de mi hijo mayor empezaron a presentar sus cuentas de cobro, no me fue posible seguir atendiendo las obligaciones contraídas en Bogotá para poder atender las nuevas. Estaba también el hijo menor a quien había que acompañar económicamente en sus esfuerzos por abrirse paso en la vida. A duras penas lograba pagar mi arriendo en Toronto. Volví a ser visitado por el hambre que ya me había acompañado en mis años universitarios. En la tierra de la abundancia yo moría de hambre.

Dante, en su descenso al infierno, se da cuenta que no puede salir de ahí. Ya antes, cuando entraba al inframundo, había leído el letrero encima del portal: “¡Oh vosotros los que entráis! Abandonad toda esperanza.” Así vivía yo. Mi única esperanza era poder girar algo de dinero a mi hijo menor, pagar los préstamos en los que incurrí por atender las emergencias del hijo mayor, pagar el arriendo y rogar que la saliva me diera los nutrientes que necesitaba para seguir viviendo. Pero, al igual que Dante, había que seguir. Solo cuando llega a lo profundo del infierno, Dante se percata que detrás del trono de Satanás hay un halo de luz. Esa luz es el pasadizo que le permite salir e iniciar su regreso, e incluso llegar al Paraíso, donde puede ver a Beatriz.

¿Cuáles son, entonces, los signos que indican que ya viene la luz que se percibe justo allá abajo, en el fondo del lodazal? Ya Leonard Cohen me los venía dando:

Ring the bell that still rings Tañe la campana que aún suena
Forget your perfect offering Olvida tu ofrenda perfecta

En cuanto a la campana, no sé si tenga alguna. Durante esos días, era aún mucho más dudable que hubiera una campana que yo pudiera echar al vuelo. Lo que me estimuló fue su llamado a olvidarme de la ofrenda perfecta. Por un camino inverso, Cohen, que no era cristiano, me trajo de regreso a Jesús, pues si Jesús es ofrenda perfecta es porque ante los cánones de perfección establecidos viene siendo la ofrenda más imperfecta jamás concebida. La de Jesús es una perfección similar a la desnudez de Pedro Casaldáliga. Este monje español, al contrario del Padre García Herreros, dice que al llegar al cielo va a lucir con gusto su desnudez porque en su piel estarán tatuados los nombres de quienes amó. Yo lo tomo como queriendo decir que el amor, el que se da, no tanto el que se recibe, es el que redime la desnudez deplorable que nos habita.

Leonard Cohen me hizo ver que mi oscuridad no impidió que yo amara. A mis hijos. A la madre de mis hijos. A quienes defraudé. Al relato del evangelio. A quienes me hicieron daño. A quienes me ignoraron. A los dos o tres que me siguieron teniendo en cuenta. A Circe.

Me vi como los héroes de la literatura épica. Como Ulises, Jasón, sus argonautas, don Quijote, los buscadores de El Dorado. Jesús de Nazaret. Héroes que en su peregrinaje son héroes heridos, y que descubren en sus heridas el verdadero problema, a saber: la recuperación de sus respectivos sentidos de identidad. Para el caso de mi condición de varón, la recuperación de mi hombridad.

Supe que podía regresar. Ulises llegó a Itaca cubierto de harapos. Jesús regresó de los infiernos y solo tuvo para mostrarnos sus heridas. El héroe regresa con las manos vacías, pero con un sobrio sentido de identidad. Mi regreso se diferencia del regreso típico del inmigrante en el sentido de que no satisfice las expectativas de quienes se habían quedado. Afortunadamente, nadie me esperaba, aparte de mi amigo y su esposa, que no sé por qué quieren ser mis amigos. No tuve que traer regalos, pero sí me he enfrentado a la dificultad de que me crean que regresé. Punto. No vine a hacer inversiones, no dejé un negocio por allá, tampoco vine con una pareja rubia. Yo me temo que el hecho de que sea usuario empedernido de Transmilenio me cierra puertas. En una sede alterna de un seminario que me toleró pacientemente por tres años y medio, los estudiantes se sorprendieron de que yo, con mi palmarés, llegara en Expreso Bolivariano y por esa razón me calificaron con 2.0 en “presentación personal” en la primera evaluación que me hicieron. Los regresos son la muestra de que uno se ha encontrado consigo mismo, de que uno forma parte de las versiones peatonales del misterioso Yo Soy que se dio a conocer en el fuego de una zarza para que todo un pueblo rompiera sus cadenas, de las que se había enamorado, e iniciara un peregrinaje liberador cruzando un desierto, el infierno de ese pueblo.

Lo que no se puede notar a primera vista es que vivo la realidad de lo que dijo en alguna ocasión un sabio oriental: “Si al andar por el camino en que vas ni se te ocurre mirar atrás es porque estás en la senda correcta.” De manera similar a lo que fue la vida de Freddy Mercury, conocido ahora por muchos gracias a que el cine lo trajo de regreso, estoy experimentando aquello de que el trasegar de la vida consiste en asumir la identidad que reposa en lo profundo y que uno pisotea por temor a dilapidar un capital social acumulado para asumir identidades que levantan los aplausos de los que el ego se nutre. Al volver de su infierno, ya dueño de sí, Freddy descubrió lo que siempre estuvo a su alcance: que era amado; por su novia de juventud, por sus compañeros en Queen, por John que lo acompañó hasta su muerte.

Con todo, en mi restauración, aún hay un llanto sordo, escondido, mudo, oculto. Mario Benedetti lo describe por mí en un poema con el que celebró treinta años de vida matrimonial con Luz, su esposa:
“pero siempre hay un llanto finísimo
y va enhebrando una estación con otra
borda aplazamientos y triunfos
le cose los botones al desorden
y hasta remienda melancolías
siempre hay un finísimo llanto un placer
que a veces ni siquiera tiene lágrimas…”

Me perdí los mejores años con mis hijos. Nunca sabré qué hubiera pasado si la noche anterior a ese 26 de Febrero yo me paro de mi silla mecedora, seco las lágrimas de ella y le digo que vamos a escribir nuevas páginas. Lo único que sé es que puedo ahora hablar de redención. Quizás de otra manera no podría. Puedo hacerle eco a la persona que acuñó la frase: “La religión se inventó para quienes tienen miedo de ir al infierno; la espiritualidad, para los que ya hemos estado allí.” Puedo proclamar que en Jesús hay buenas noticias por cuanto su muerte derrotó al infierno. Las condenas no son eternas. No estamos atados a rendirle culto al éxito, y nuestros fracasos son la antesala de la liberación. Puedo decir ahora que es tan aterradoramente bello el misterio humano que Dios mismo quiso hacerse humano. No estamos condenados a ser divinos.

Puedo con Leonard Cohen confiar en que

And even though it all went wrong Aunque todo salió tan mal
I’ll stand before the Lord of songs Me pondré en pie ante el Señor de la canción
With nothing on my lips but hallelujah Con nada más en mis labios que aleluya

 

Por: Alvin Góngora
Twitter/ @alvingongora

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